Fiesta sin puertas y con portada

  • El Rubicón de la Feria debe ser el final del mal tiempo. La lluvia indultó a doce toros, dejó el real sin caballos y arruinó las previsiones de los feriantes de la calle del Infierno

No se pierde el tiempo. Se pierde su noción. Es una forma de ganarlo. En la Feria los horarios de comida, de paseo, de tertulia, de recepción, aunque figuren programados, están siempre fuera de programa. Después de un año de trasiego, se rompe la relación con ese señor feudal llamado reloj. El tiempo del disfrute no tiene día ni noche, principio ni fin. La gente que tiene prisa se ha confundido de escenario. Es una semana, pero el combustible del disfrute dura todo el año. Toda la vida.

La Feria. Las Ferias. Las de los que tienen caseta. Los que no tienen y la buscan. Los que no tienen y la encuentran. Las casetas de distrito, ese descubrimiento de la democracia. La apertura, palabra que suena a películas fuertes y políticos valientes. Y con ella las apreturas. Las que se vaticinan cuando el tiempo se apiade del real. Vendrá con la mejora la sonrisa de los feriantes. Su Feria ha sido la más perjudicada por la lluvia. Tendrán que recuperarse en la recta final, que de acuerdo con las previsiones coincidirá con el subidón demográfico. Una ciudad de lonas para un millón de habitantes. Una periferia con la ciudad en duermevela. Bailan las fechas, galopa abril en su segunda semana. La Feria la crearon dos hombres, pero es una apoteosis de la mujer. Es femenino plural. Le dan ritmo, color y sabor. No han renunciado a lucir sus trajes pese a la incomodidad. Se lo cogen por las enaguas para burlar los regates del barro. Es difícil bailar en un lodazal.

La Feria tiene portada, pero no tiene puertas. Hay sitio para todo el mundo. No se reserva el derecho de admisión. Las únicas reglas son las que fija el Código Penal. Así debió ser desde Hammurabi. Es imposible ponerle puertas al campo. El Mercantil es punto equidistante para una visión mágica: el Costurero de la Reina, junto al parque de María Luisa, y la portada que lo reproduce. Lo más parecido a las Fallas, al pabellón de Japón de Tadao Ando en la Expo. Arquitectura efímera que, como ocurre con el material de que están hechos los sueños, pervivirá para siempre. Es un símbolo. Un lugar para las citas. Las quedadas de los jóvenes internautas.

Hoy es el último día de la mala sombra. Con el sol en cuentagotas. Lo normal es que vuelvan los toros (la lluvia indultó a una docena), que florezca el paseo de caballos. Y que se produzca la más pacífica invasión que todos los años conocen estas inmediaciones del barrio de Los Remedios. Donde el tiempo se para y la fiesta no para. Con agua y sin agua.

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