la crónica del domingo

Museo vivo con obras de Murillo

  • El día nublado no deslució el primer día de paseo de caballos y al final una suave lluvia cayó en el real

  • La Feria afrontó su primera jornada, la víspera de antaño, con gran afluencia, estampas y comidas familiares

Gran brillantez en el primer día del paseo de caballos por el real de la Feria. Gran brillantez en el primer día del paseo de caballos por el real de la Feria.

Gran brillantez en el primer día del paseo de caballos por el real de la Feria. / belén vargas

El toldo era de nubes y las pañoletas de lluvia, pero hasta bien entrada la tarde fue una lluvia platónica, simbólica, que le dio al real un color de Feria de Burgos, la tierra del Cid Campeador. Los babiecas hicieron acto de presencia y la caballería lucía más que el sol. Iván, cochero de caballos, lector voraz, paseaba a una familia por el recinto ferial con la mirada al cielo.

La calle Ignacio Sánchez Mejías arranca en los pares con Las dos Espuelas. Un guiño a los caballos. La forman 17 socios. El casetero aparece con unos chicharrones de Cádiz recién hechos. Lleva media docena de casetas. Uno de los socios pasó por el Opus y por el Pecé. Está en esta caseta de alcurnia como podía estar en La Pecera. Doble Cero, nombre de otra caseta de esta calle, no es propaganda de la bebida de Atlanta. Es el mínimo común múltiplo del color que utilizan los pintores, el gremio que la fundó. Las siete magníficas y una amiga de Lérida. Fueron compañeras en el instituto San Isidoro de la calle Amor de Dios, el más antiguo de Andalucía. El grupo lo forman Cristina, María, Mercedes, Adriana, Lucía, Carmen e Irene, que es la invitada especial porque está trabajando de enfermera en Londres.

Casa Abilio, el quiosco que abrió en la Exposición de 1929 detrás del Pabellón Real, cerró, pero sigue dando nombre a una caseta de la Feria. No se cabe en la del Colegio Oficial de Arquitectos. Les debe entusiasmar la arquitectura efímera o los encantos culinarios de la cocina eterna. En tiempos de la inmediatez, el aprendizaje, como el amor, se disfruta más con las pausas. La Feria es una escuela de hacer ciudad para los niños que nacieron en los años de la crisis. Hijos de valientes, padres de esperanzas. Da gusto verlos jugar, verlos bailar, una chiquilla provocó el éxtasis de los extranjeros que la veían bailar sevillanas con su madre en la caseta de la Autoridad Portuaria; o verlo interpelado por la pregunta que le hacía su padre en Rafael el Gallo (el Divino Calvo) esquina con Ignacio Sánchez Mejías: "¿Quieres galletas Oreo?".

Dos parejas de jinete y amazona por la calle Antonio Bienvenida, con la portada al fondo. Dos parejas de jinete y amazona por la calle Antonio Bienvenida, con la portada al fondo.

Dos parejas de jinete y amazona por la calle Antonio Bienvenida, con la portada al fondo. / José Ángel García

Adán, el portero del Betis, para todas las fotos. Gentil y paciente, se deja meter goles de simpatía entre quienes quieren fotografiarse con el portero primero de Heliópolis y quinto de la Liga. Está con otros compañeros y sus mujeres en la entrada de una caseta llamada Er, como la revista de Filosofía que apadrinó Carande con un grupo de jóvenes filósofos de la ciudad. El ex sevillista Loren, canterano de la Puerta Osario, saluda al cancerbero bético al que hizo debutar en la élite un tal Mourinho.

La caseta pública del distrito Macarena-Norte está adornada con cuadros de Murillo

El ambiente en la caseta del distrito Macarena-Norte es extraordinario. Cuesta trabajo entrar al ambigú porque toda la pista está ocupada por las parejas que bailan sevillanas. Es curioso. Las letras de este género resisten mucho mejor el paso del tiempo que los discursos de los políticos e incluso que los atrevimientos y las poses de los artistas. La gente se las sabe como himnos, como oraciones. Y eso que su andamiaje parecía más frágil y endeble. Esa caseta de distrito está adornada con cuadros de Murillo. La Feria y el pintor bautizado en la Magdalena tienen en común que han sido foco de atracción de muchos foráneos que visitan la ciudad. El real es un museo vivo, una pinacoteca ejerciente. Entre los cuadros más visitados, el de las gitanas que hacen los buñuelos en el lugar que les asignó el primer delegado de Fiestas de la democracia, José Luis Ortiz Nuevo. Mientras dibujan en el perol, como en fragua de Vulcano, los trazos del buñuelo, churriguera puro, son captadas en fotografías que parecen de otro tiempo.

Las gitanas de las Tres Mil pasaron en Alalá por la cámara de Remedios Malvárez, que pasea por el real de Los Remedios. Su hija mayor se llama Abril y cumple ocho primaveras. En una caseta familiar comparte aperitivo Lola Pons, la profesora que desmenuzó el paisaje lingüístico de Sevilla. Uno de los autobuses de Tussam lleva publicidad de La Mechá, casa de productor cárnicos. Parece un guiño a la filóloga que le puso a Cervantes gafas de ver en uno de sus libros.

De los tiempos de la Feria del Prado, una moto con sidecar llama la atención de los transeúntes. Todo el tráfico se desplaza hacia la Feria. Las paradas de autobús son casetas en miniatura. La calle Torneo está desierta, parece la Gran Vía de la película de Amenábar. Llueve, pero salen todas. Dan bueno para el resto.

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