Preliminares de la despedida

  • Poca afluencia de público en una jornada en la que destacó la presencia de visitantes de otras provincias. Los primeros balances oficiales consideran que esta edición ha sido una de las mejores de los últimos años.

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EL desierto. O casi. Pasear ayer por la Feria era igual que hacerlo por las calles del centro un domingo o día festivo: cualquiera podía sentirse el dueño del recinto. Pese a la poca afluencia de público -las carteras no dan más de sí y quien puede presumir de piso en la playa no duda en amortizar la hipoteca en estos tiempos oscuros- , no es menos cierto que el sábado de farolillos presume de un público caracerístico que hace más fácil la crónica que de esta jornada pueda escribirse.

Sólo hay que echar un vistazo general a las calles para saber a lo que uno se enfrenta desde el momento en el que se empieza a deambular por ellas. Por supuesto, para encontrar un prójimo con el compartir cerveza y ciertas viandas hay que esperar a que el minutero traspase las tres de la tarde. Antes sólo tropezará con turistas que vienen a Sevilla a saber en qué consiste esta fiesta, como el matrimonio toledano que reclamaba información en la caseta del Ayuntamiento antes de la una de la tarde. Allí dentro, el delegado de Fiestas Mayores, Gregorio Serrano, da cumplida cuenta de todo lo acaecido en estos seis días. La Feria ha sido buena. Los datos en transportes de viajeros y recogida de residuos lo verifican. Esta celebración tiene también su componente barroco. Como si de las Postrimerías de Valdés Leal se tratara, hay que cuantificar los desechos para conocer el triunfo pasajero.

Mientras la celebración intenta esquivar los efectos de la crisis, hay casetas como la del Machacante que siguen impunes al devenir de los tiempos. Su mayor símbolo, un duro de la década de los 20 del pasado siglo, logró salvarse de las llamas de una Feria que se levantaba en aquel tiempo en el Prado. Desde entonces hasta ahora han sido muchos los episodios vividos bajo sus lonas. El último lo ha protagonizado el presidente del Barcelona, Sandro Rosell, que el pasado martes disfrutó un buen rato de este hogar efímero en el que los cuadros que lo adornan dan testimonio de su dilatada historia. El presidente del Machacante, Francisco Sánchez Yerga, es un excelente relaciones públicas con todo el que se acerca hasta Joselito El Gallo 26-28 para tomar una instantánea, cualidad que demuestra en la benévola definición que realiza de Rosell: "Es un muchacho muy atento".

En la caseta de la Asociación de la Prensa los trabajadores que se encargan de cocinar los condumios hacen balance culinario. "Este año la estrella ha sido el flamenquín, seguido de la croqueta y la tortilla de patatas con 15 tenedores", asegura David Garrido, un lebrijano que lleva 10 años empleado tras la barra en la Feria y quien apostilla: "Del jamón, ni hablamos". En esta caseta Francisco Correal descansa su pluma (la de escribir) y disfruta de la jornada con su mujer e hijos. A la barra van llegando los fotógrafos que recargan fuerzas en un día complicado para las instantáneas. Hay poco ambiente en el real y el que existe muestra muchas dificultades para componer un retrato estéticamente valorable. Ya se sabe que la elegancia tiende a desaparecer del albero en cuanto llega el fin de semana. A saber: camisas de manga corta, hombres descamisados, mucho vaquero y trajes de flamenca no ya reciclados, sino como exponentes de lo que fue esta indumentaria en la década de los 80.

Pese a todo, la jornada confiere ciertas satisfacciones. Una de ellas es compartir mesa y viandas con Manuel Serrano Hidalgo, Julio Domínguez Arjona y sus respectivas cónyuges. Ana López Abal no pierde un minuto en agasajar a sus invitados a esa hora en la que la modorra quiere ganar bastantes minutos de protagonismo. Entre todos los platos que va colocando -además de unos langostinos que este año probarlos ha sido como si tocara el premio de la tómbola- destacan unas piruletas de queso y gambas que dan un toque de nouvelle cuisine (término ridículo donde los haya) a la gastronomía feriante.

Por delante de la caseta donde se da gloria y honor al estómago pasa un carruaje cuyos cocheros, según confirma Domínguez Arjona, van vestidos a la federica, es decir, al estilo de los rejoneadores portugueses. Lástima que quienes disfrutan de este medio de transporte apostaran en su indumentaria por una camiseta más propia de la costa caribeña. Lo dicho, sábado de Feria.

No muy lejos de allí Belén Torres y Sete Expósito disfrutan de esta jornada a medio gas. La primera de ellas luce un traje de flamenca blanco, que era impoluto hasta que escasos minutos antes comenzara el deambular por el albero. De su estancia en tierras malagueñas dan cumplida cuenta el moreno que tiñe su rostro y aquella zona del cuerpo que se pierde con sutil elegancia y atrevimiento por su escote. En Sete, el carmín de los labios se va atenuando con los sorbos de un rebujito de fugaz consumo. Ambas brindan por la Feria y por este abril que alborota carne y alma.

Mientras esto ocurre, al real le van saliendo los colores del penúltimo ocaso. Todo se dora: los farolillos que han permanecido intactos durante la semana, el albero apaciguadamente asentado, los carruajes que con su trotar conforman el eco único de una tarde con aires melancólicos y en los ojos de las sevillanas que han remendado trajes para estar perfectas. La fiesta toca a su fin. Se acabó lo que se daba. Si es que alguna vez se dio algo.

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