Fue bonito mientras duró y duró tan poco

  • El esplendor del tiempo coincide con el final de la Feria, que ayer se 'politizó' con la presencia de Rajoy y rumores sobre la llegada de las ministras de Zapatero

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Zapatero en la Zarzuela y Rajoy en la Feria. En los dos sitios, en el nuevo Gobierno socialista y en el recinto ferial, mandan las mujeres. El cortejo de Rajoy es una marea humana por Pascual Márquez. Deja de largo la caseta del Partido Popular, justo frente a la de Comisiones, y sigue por esta calle con nombre de torero de Villamanrique de la Condesa. La gente lo para para hacerse fotos, lo piropean desde los coches de caballos. “Tengo una foto con Rajoy”. El joven jinete lo celebra desde lo alto de su caballo. Se llama Gabi, tiene 17 años (no puede votar todavía), monta a un caballo de nombre Alegre y el repetidor de la Moncloa que deberá examinarse dentro de cuatro años le extiende la mano. Rajoy y su séquito se mete en una caseta de nombre Los Cortijeros, junto a la de la peña bética San Bernardo. Antes lo pararon para fotografiarse con él en la puerta de la Caseta de Socios Extremeños, junto a una cuyo nombre parece un guiño a la desaceleración: Los Deficitarios Perpetuos. Le acompañaron en el paseo Javier Arenas y Francisco Camps, presidente de la Generalitat Valenciana, que conoció la Feria hace diez años y tiene recientes las Fallas. 

Ser encargado de caseta es como gobernar un barco. Manuel Mendoza lleva con mano firme la de los Farmacéuticos, espacio que en tiempos perteneció a la del Aero-Club. El servicio lo atiende La Raza, que también asiste a la caseta de Labradores. Antes de la bulla, Ángeles y Estrella están, fieles a sus nombres, en la calle del cielo. Ramiro padre está a punto de llegar. Ramiro hijo se incorporará de noche, de vuelta de un viaje a Milán. Manuel Lara lee plácidamente el periódico mojado en manzanilla. Pertenece a una curiosa especialidad: los periodistas que son farmaceúticos consortes, caso de Julián García Candau, Luis Ángel de la Viuda o el escritor Raúl Guerra Garrido, que se hizo del Foro de Ermua después de que los bandidos norteños le pusieran una bomba a la farmacia de su esposa en San Sebastián.

Los Amigos de la Comunicación es una caseta regida por hombres de la publicidad: Fernando Ocaña, Félix Sanz, Felipe Callejo, Manuel Ignacio Blázquez, Jacinto León, Manuel Mojarro o Antonio Chaves, hermano del presidente de la Junta de Andalucía. “Hubo una época en que todos los hermanos Chaves venían con su madre”, cuenta Mojarro, que se perdió el primer día bueno de Feria porque tuvo guardia de abuelo. El sábado de pescaíto fue la prueba de chacina, ocasión para dar cuenta de un cochinillo segoviano de Burguillos.

La Guardia Civil

De la caseta se encarga uno de los más curtidos profesionales en estas lides: Jaime es de Alcalá de Guadaíra, donde nació unos días antes de que empezara la guerra civil. La primera caseta que llevó fue la de la Guardia Civil. “Estaba de presidente Leopoldo Calvo-Sotelo, que vino una Feria de visita”. El mandatario más breve de la democracia, cuya sesión de investidura fue torpedeada por Tejero y sus secuaces el 23-F de 1981.

Trabajar en Feria es una variante de estajanovismo. No extraña que el charcutero de una caseta cobre el equivalente de 300.000 pesetas por trabajar en Feria. En la caseta de la Casa de Cantabria, algunos camareros se subieron el sueldo de la manera más fortuita y venturosa. Este consulado montañés duplicó su módulo sin dejar la calle Curro Romero. María Carrasco, que hizo dos turnos, el suyo y el de su compañero, en la puerta de la caseta, dejó entrar al cuponero. Le compró un cupón, como también hicieron Isidoro, Antonio y José María. Les han tocado a cada uno 36.000 euros. “Y todos han querido seguir trabajando”, dice Serafín Álvarez Vallejo, presidente de la Casa de Cantabria, alma de la caseta.

Cambió el perfil de aquellos jándalos o montañeses que venían de Cantabria a probar fortuna e iban tirando de parientes. Vinieron  muchos en los años veinte. Ahora vienen con 20 años. Es el caso de César Cardenal. Estaba tan a gusto en Santander, con juventud y con dinero, pero su padre, que se vino a trabajar como constructor a la Sevilla de la Expresariales y conoció a una sevillana. Es el secretario de la Casa de Cantabria, uno de los valores más jóvenes de esta concurrida caseta en la que un cliente pedía dos whiskys pálidos. Uno era para Juan Herrera, que fue ingeniero aeronáutico y a sus 86 años es notario de muchas Ferias. La directiva de la Casa de Cantabria convocó un concurso al que se presentaron siete caseteros. El ganador ha llevado ocho casetas en la Feria de Mairena del Alcor, la primera de Andalucía, y junto a la de los jándalos lleva las de El Transportín, El Pinsapo y Los Amigos del Ferrocarril.

Nieves, Mercedes y Asunción son tres hermanas toledadas de Villacañas. Hace muchos años que no van a la Feria de su pueblo, pero no se pierden la cita con el real. Ni con los toros. “Las tres somos de Fran Rivera Ordóñez”. En Ignacio Sánchez Mejías ve pasar la interminable procesión humana, equina o rodada Juan Ureña, que fue muchos años futbolista del Betis.

Como el Hamlet, su último gol lo marcó en Copenhague. Está en la memoria de los aficionados. En la calle de un torero que fue presidente de su equipo y mecenas de los poetas del 27. Perpendicular a un torero, Curro Romero, que es académico reciente.

Rosamar Prieto ha salido de la Caseta Municipal para felicitar a Cristina Sánchez, amazona que ha sido ganadora absoluta de la prueba de exhibición a caballo. “Algo hay, porque no deja de sonar mi teléfono”. La delegada de Fiestas Mayores no descarta que más de una nueva ministra aparezca por la Feria. Alertadas por el vendaval Rajoy en la calle Pascual Márquez. El dirigente popular venía de Córdoba y fue a los toros. Como el dicho del litoral: a por atún y a ver al duque. Volvían a la Feria, después de dejarlo a buen recaudo, José Luis Sanz y Antonio Sanz. Sanz y Sanz. Parece una agencia de detectives.

Se ha hecho la fiesta en la Feria. A buenas horas. Un grupo de caballistas repostan junto a la Caseta Municipal. La palabra abrevadero se hizo para las bestias, pero los que beben en realidad son los jinetes. Catavinos luminosos que parecen encerrar un extraño vellocino. Sobre uno de los caballos hace un alto Rafael Ramírez. Como es macareno, tiene puesto en el mercado de la calle Feria y tertulia cofrade en la calle San Luis, su caballo no podía tener otro nombre: Pilatos. Al menos es más decente que Calígula, que nombró cónsul a su caballo; Rafael se limita a romanizarlo al estilo de la calle Parras.

¿Ya no hay más? Parece mentira. Acaba de empezar lo bueno –el buen tiempo, las mujeres ministras, el paseíllo en el Arenal– y se acaba lo que se daba. Los mejores días de la Feria, según las cuentas de sus profesionales, se pasaron entre paraguas y gabardinas. Y ese tiempo, como en los versos becquerianos, nunca volverá. Eso no se recupera. De grandes inéditos están los cementerios de libros llenos. Y de gozos inéditos, que no se gozaron, está repleto el cadalso de la memoria colectiva.

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