Bajo un cielo deshilachado

  • El diseño sofisticado se impone en las cenas del alumbrado.

En la calle Asunción hay un grupo de estudiantes extranjeros que ocupan tres veladores en un bar de esquina. El velador y los guiris conforman una unión indisoluble, especialmente cuando se han ingerido varias jarras de rebujito y llega el momento oportuno de quitarse las sandalias y mostrar los pinreles al aire. Sí, aunque haga poco más de 20 grados y el viento que sople sea gélido, los extranjeros siempre tienen calor en esta ciudad. Ríen, vociferan y buscan el escaso sol que juega con las nubes para enrojecer sus blanquecinas pieles.

Son los prolegómenos de la noche del alumbrado. Por esta vía comercial de Los Remedios -ahora reconvertida en una calle de cafeterías franquiciadas- la gente deambula de un lado a otro con prisas. Parece que en esta tarde de primavera todo el mundo tuviera los minutos contados para la puesta a punto de la Feria, esa fiesta situada al final de esta larga arteria del barrio levantado en los años del desarrollismo franquista. Un punto de fuga que no parece nunca alcanzarse. Confiterías, bares de bocadillos, cervecerías con montaditos y restaurantes mexicanos colmatan esta senda que no parece tener fin. Por el camino recorrido se suceden los establecimientos en los que las dependientas -las féminas superan a los varones en la barra de los bares de Asunción- lucen sobre las sienes flores de tela. Bares con farolillos en esa recreación, un tanto hortera, de lo que acontecerá durante los próximos seis días a escasos metros. Camareras que sirven raciones de pizza con el pelo suelto y la flor bajo la oreja. Las firmas franquiciadas y las tradiciones siempre fueron un maridaje difícil de digerir.

Salvadas quedan de dicho espanto las confiterías de Asunción que todavía conservan esa estética anclada en los años 70, con clientas de pelo enlacado y augusta compostura. En varios escaparates aún lucen los pestiños (entiéndase sin acritud). Un establecimiento aconseja probar "los piñonates de Feria".

Al término de la calle semipeatonal se extiende el real donde se apuran los últimos minutos en los preparativos de la cena del pescao frito (obviese el diminutivo que tanto daño hace al léxico hispalense).

Acaban las primeras recepciones en estas últimas horas de vísperas. Cuando son las cinco de la tarde, la mayoría de las casetas lo tienen todo preparado. Mesas, cristalería y cubertería en perfecto estado de revista. El diseño se impone. Manteles y servilletas a juego que recuerdan las paredes de ciertos hoteles que perdieron su particular encanto decadente en aras de un diseño tan globalizado como despersonalizado.

Sopla fuerte el aire. Toldos bien atados para evitar la ira de Eolo. En la calle del infierno no hay un alma. El hilo musical de cada atracción recuerda viejos éxitos musicales. Las calles son un páramo en las horas de siesta. Los puestos de calentitos, sin apenas clientes, pese a que la tarde invita a taza de chocolate caliente. Sobre el albero, las huellas del despojo de la lluvia. En las alturas, un cielo deshilachado de farolillos. Vísperas postrimeras de la Feria.

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