Calle del infierno

Las mejores vistas de la Feria

  • El público que se acerca a las atracciones es algo mayor que otros años, aunque los 3 euros como mínimo que cuesta el viaje hace que muchos padres retrasen la visita.

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Desde la noria grande hay una vista de Sevilla más bonita que desde la terraza de las setas de la Encarnación. Será porque no hay edificios alrededor que corten la visión, porque el fuerte viento que se nota arriba imprime una sensación de libertad o simplemente porque a tantos metros de altura descansa uno el oído del martirio continuo al que lo tenía sometido la banda sonora de la calle del infierno.

Los altavoces a toda potencia combinan los últimos éxitos del puro y duro pachangueo con los incombustibles locutores de las tómbolas. El perrito piloto y la chochona, en declive ambos por el auge del Bob Esponja y Dora la exploradora, se mezclan con la danza Koduro (esa de la mano arriba y la media vuelta) y el pa-pa-pa panamericano.

O será porque el viaje en la noria se paga a tres euros y medio y tiene uno que convencerse de lo bien invertido que está el dinero. Si se mira al frente la ciudad luce tan majestuosa como siempre, pero cuando ya se llevan dadas un par de vueltas quizás sea más divertido echar la vista al suelo. Miles de cabezas diminutas recorren esa cuadrícula perfecta que es la Feria, y también se puede jugar a saludar al familiar que se ha quedado en tierra porque tiene vértigo.

La calle del infierno es un lugar sin el que algunos no conciben la Feria. Para los padres es la herramienta perfecta para conseguir que el hijo no le dé la tarde en la caseta. "Si te portas bien, te llevo a los cacharritos", le dicen al niño a las tres de la tarde. Y, claro, ahí está el chaval cuatro horas después sentado a la mesa que ya no sabe cómo ponerse para que su padre se acuerde de la promesa. Y al final siempre acaba llegando ese tío, ese primo mayor, que se apiada del niño.

Eso sí, mantener al pequeño quieto y callado todo el día tiene un coste, porque cuando se cruce ese cada vez más estrecho pasillo de la calle Costillares por el que se accede a la del infierno, se está entrando en el terreno del niño. Y raro es el que no le saca a su padre subirse como mínimo a tres atracciones por día.

"Empieza un proceso de negociación, que termina en regateo", dice Lola Sanmiguel, que espera a que sus hijos terminen su paseo en el Látigo. "Yo les digo que tres, ellos me piden cuatro. Y en esa fase estamos ahora". Para ella, llevar a sus dos hijos a las atracciones le supondrá un desembolso de entre 25 y 30 euros.

Hasta el miércoles de Feria, el precio de las atracciones no baja de los tres euros, pero la zona está a reventar de público. Una patrulla de la Policía Nacional mantiene una presencia fija para disuadir a posibles carteristas o buscapeleas. El Ratón Vacilón triunfa. Las máquinas más sofisticadas, esas que dan vueltas y vueltas sobre sí mismas buscando la descarga de adrenalina, pueden cobrar hasta cinco euros. Del Top Gun se bajan tres chicos, Manuel García, Carlos Muñoz y Javier Fernández, que se lamentan de que el viaje sea demasiado corto. Dicen que no han sentido nada de mareo por muchas que hayan dado.

La oferta de atracciones es muy similar a la de años anteriores. Los mayores optan por las casetas de tiro y hay algunos que ya llevan una colección de peluches gracias al vicio con la escopeta de aire comprimido y los tapones de corcho. Para los más pequeños sí hay una que los tiene encandilados. Consiste en una especie de colchonetas cilíndricas que flotan y giran sobre el agua mientras los niños las empujan desde dentro. Sencillo pero muy divertido.

Los feriantes observan el tráfico de personas por la calle del infierno y apuntan su teoría: hay público, pero la gente se resiste a gastar. No obstante, la Feria de 2012 será algo mejor que la de 2011, con permiso de la lluvia.

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