La crónica del viernes

Con la música a otra parte

  • La víspera del fin de semana llenó las calles del real, donde se disfrutó de una agradable temperatura

  • Las sevillanas quedan arrinconadas por la rumba

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Las sevillanas son un cante del pretérito. Del pasado relativamente cercano. Guardada quedó en la alcoba del recuerdo la moda que las llevó por todo el mundo. La que las hizo bailar en las pistas ochenteras de las discotecas. Un género en declive que no se estila ya ni en la Feria de Abril. La madre de todas las ferias se ha convertido en madrastra de este palo musical. La rumba, el reggaeton y hasta el rock han usurpado su lugar en las casetas. El mismo jueves por la noche -la jornada de esta edición con menos público por ser la posterior al festivo local- se podían escuchar los sones de un grupo rockero en una caseta de Antonio Bienvenida. Cara de estupefacción en algunos y de total normalidad en muchos, acostumbrados ya a sones ajenos a la celebración cuando llegan los días de farolillos.

Por no haber no hay ni sevillanas de moda. Los feriantes canturrean las que inmortalizaron los míticos artistas y grupos de referencia de este género décadas atrás. Algunas aún se pueden escuchar en el hilo musical de las casetas. O mejor dicho, de las pocas casetas que todavía mantienen la tradición de que bajo sus lonas sólo se oigan sevillanas. Cada vez son menos las que se resisten a introducir otro tipo de sones. El mundo de la rumba lo ha solapado todo. Versiones de canciones pop con las que el respetable bebe rebujito y combinados a la par que se abraza con efusividad, brinca y pone cara de felicidad para que quede constancia del momento eufórico en las redes sociales, esa otra feria de las vanidades.

Hablar con Rafael Carretero es asistir a una cátedra sobre 40 años de Feria

Pero no sólo la rumba se ha adueñado de las casetas. En la del Ayuntamiento se han escuchar canciones de Melendi y en otra de Joselito El Gallo el disco de una comparsa de Cádiz. Las sevillanas quedan cada vez más arrinconadas en el ángulo oscuro de lo pasado de moda. Apisonadas por una diversidad sonora que todo lo acepta, en la que todo vale. La dictadura del buenismo.

En el real aún quedan casetas donde el único hilo musical lo componen las charlas que la sobremesa trae consigo. Reuniones de amigos y familiares acompasadas con el frescor de la manzanilla y alguna que otra loncha de jamón. Es lo que ocurre en Joselito El Gallo, 190, donde tomó asiento un francés que vive en Madrid, Gregory Taffouraud, al que todos conocen con el nombre de Gregor.

Antes de que este galo entrara en La Encomienda y la Embebienda lo hizo el que ha sido durante 37 años uno de los principales responsables de la organización y montaje de la Feria, Rafael Carretero. A él se debe, más que a ningún otro político, la fiesta que acaba hoy. Escuchar hablar a este hombre corpulento, de chaqueta clara, camisa abotonada hasta el cuello sin corbata, sombrero de ala ancha y clavel rojo reventón es asistir a una cátedra sobre la Feria de los últimos 40 años, la que parió la Transición.

También en aquella época hubo que poner cordura a ciertos desmanes. Carretero, sobre el albero y con catavino en la mano, recuerda cuando se creó a principios de los 80 las calles Ignacio Sánchez Mejías y Curro Romero, la zona más nueva de la Feria, donde en un primer momento se colocó asfalto para luego ser revestida por los adoquines que pisaron los sevillanos y foráneos en el recinto del Prado. "La Feria más antigua está en las calles más nuevas, donde se pisa historia", refiere este sevillano de inconfundible indumentaria.

La penúltima tarde de la fiesta mejora en las calles y en el clima. Más gente y temperatura más benévola. Muy agradable. Sin abanicos. El sol aparece y desaparece al compás de un viento suave. A la variedad en el fondo musical se suma la del vestir. Las últimas jornadas son las de menor ortodoxia. El pantalón vaquero reclama su sitio sobre el albero, donde empieza a verse de todo, incluso a un nazareno. Sí, como lo leen. Un nazareno de ruán bajo los farolillos. La imagen más estúpida que podría contemplarse en un real que no deja de ser reflejo, también, de una sociedad que ha banalizado cualquier símbolo, hasta el de la túnica.

Mejor fijar la mirada en la portada encendida. Una belleza de César Ramírez. Sólo queda un día para disfrutar del recinto que condensa la alegría. Ya sea por rumbas o reggaeton. Y luego, con la música a otra parte.

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