Entre rotos y descosidos

  • taller de reparaciones. Las costureras encargadas de los arreglos de trajes de flamenca viven estos días en el espacio habilitado por el Ayuntamiento jornadas de abundante trabajo

Son las 16:00 y frente al real, en la Avenida de Alfredo Kraus, una fila de flamencas esperan a que el taller de costura instalado por el Ayuntamiento, en colaboración con el taller de Molina, abra sus puertas. Son muchas las que se sostienen el vestido por el último volante, que les cuelga tras desgarrársele de un pisotón. Otras se esfuerzan porque la cremallera rota siga cumpliendo su misión y no deje al descubierto ciertas partes del cuerpo, imposibles de ver en condiciones normales.

Un cartel anuncia en letras grandes lo que para algunas es su salvación. "Menos mal que existe este taller de reparaciones, si no tendría que volverme a casa y con lo lejos que vivo de aquí casi seguro que no vuelvo", dice María del Carmen, vecina de Pino Montano, que acompañada de su hijo espera pacientemente su turno para rehacer el filo de uno de los volantes de la manga del vestido que la varilla de un paraguas se encargó de "fastidiar".

"Por lo menos un cuarto de hora", señala Magdalena, una de las dos costureras de Molina que trabajan de 16:00 a 22:00 sin para. Ése es el tiempo de espera con el que tienen que contar los que por allí pasan. Depende del arreglo y la cantidad de personas que haya, las reparaciones pueden demorarse más o menos tiempo.

Fue a partir del viernes, "cuando dejó de llover", explica Paqui, la otra costurera del taller, cuando más personas hicieron uso de este servicio que la delegación de Fiestas Mayores del Ayuntamiento ha puesto en marcha por primer año. Dos máquinas de coser, iluminadas por focos, no cesan de trabajar en un intento por recuperar la compostura de aquéllas que nunca pensaron antes de salir de casa que el vestido de volantes que estrenan les dejaría en la estacada. "Me pasé con las torrijas esta Semana Santa", bromeaba Patricia, a quien la costura del talle le estalló mientras bailaba unas sevillanas.

Las encargadas de hilvanar los rotos dicen que los retoques más habituales son los descosidos de volantes, después de sufrir el infortunio de ser pisados, y las cremalleras abiertas. A Macarena Díaz la rasgadura del tirante de su vestido fue lo que le llevó hasta el taller de costura. En su caso, una vuelta en los coches locos fue la culpable de su tara.

"Fue al sentarme cuando se me estalló la costura y cada vez la raja está más grande, además en el hombro también se me está descosiendo", explicaba Cristina López, de 13 años, que acompañada de sus amigas guardaba cola en la puerta de la casetilla.

En el interior, un vestuario permite a las flamencas desvestirse y colocarse una bata mientras esperan a que se finalice el arreglo. Dice Carolina que, para las más jóvenes, "la existencia del taller también nos libra de la riña asegurada al llegar a casa por parte de nuestros padres".

Pero como en todo, y más aún si es gratis, la picaresca existe, y no son pocos los que ya han intentado subsanar algún desperfecto que ya traían de casa. "Como aquella señora que vino diciendo que teníamos que ponerle un bolsillo nuevo al vestido porque el suyo se había despegado", comenta una de las costureras. Para los que caigan en la tentación, un aviso de las costureras: "No tenemos tela, sólo la máquina de coser, aguja e hilo".

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios