El sereno protocolo de la desmesura

  • La presencia de Kofi Annan, ex secretario general de la ONU, le da brillo internacional a una Feria que pese a horas de tregua mantiene los nubarrones

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En la Feria se bebe como se vive; apenas se nota. El real es como un alambique: quizás el baile, quizás el condumio suave pero tenaz, como la lluvia; también la amistad. Todo contribuye a que lo bebido no sea una rémora. Con el alcohol ingerido en una jornada de Feria se harían en el mismo día la revolución francesa y la rusa. La única revolución, ni Lampedusa hilaba tan fino, es que todo siga igual. Un año más. Y que beber sirva para olvidar que es un año menos.

No hubo toros por segundo día consecutivo. Los únicos toreros, los del callejero. Una invitación en Juan Belmonte, otra en Chicuelo o en Antonio Bienvenida. Anabel Moreno es la presidenta de la plaza; la verdadera autoridad es el tiempo. Inéditos Morante, Manzanares y El Cid.

"El viernes podremos hablar del famoso millón de personas, que como todo el mundo sabe es literalmente imposible". Fran Fernández pronostica overbooking para el viernes en la Feria. Por la portada hacían su entrada munícipes del 79: Curro Rodríguez o Guillermo Gutiérrez. Protagonistas de aquella auténtica noche de Varennes en la que el Ayuntamiento saliente, el último elegido al franquista modo, le dejó al entrante una Feria patas arriba. Ahora la cosa es bien distinta. Viene hasta el ex secretario general de la ONU, Kofi Annan. La Feria en el centro del mundo.

Las hay adictas. Marian es montañesa de Suances. Hace treinta años vino a Sevilla enviada por la empresa bilbaína de seguridad industrial en la que trabajaba. Tenía que graduarle la vista a los trabajadores de Fasa-Renault. Era Semana Santa y aguantó hasta Feria. No falta un año. Sólo abandonó el real una primavera en la que dejó plantado a un indígena sevillano que la cortejaba y se plantó en Bilbao para declararse a su actual esposo, fabricante de audífonos, "una mezcla de Buffalo Bill y Groucho Marx". Paisano de José María Ybarra, el naviero aceitunero, que suena a Miguel Hernández recitando a dúo con Salgari.

Roberto A. Weill pertenece a la cofradía de Ángel Díaz del Río, decano de los arquitectos, del historiador Ángel Viñas, de Julio Caro Baroja o del llorado coronel Antonio Muñoz Cariñanos. Este cubano del 38 que se exilió a México en el 61, fundador y presidente de la Gran Feria de Andalucía en el Caribe, con real en Casa de Campo, provincia de La Romana, se pasea por la Feria con su pajarita. Nació un día de los Enamorados en La Habana y está loquito por Sevilla. Andalucía le llegó por una abuela malagueña del Perchel que se fue a Cuba, en la rama materna, aunque el Weill que adorna su tarjeta procede de su abuelo paterno, un alsaciano que fue cónsul francés en Camagüey.

Se casó dos veces, las dos con cubanas de ascendencia gallega, la primera de Betanzos, la actual de Orense. Es una metáfora de América: estudió ingeniería en Estados Unidos, se fue de Cuba cuando Fidel se apropió del país, se exilió primero a México pero chocó con la tesis de los gachupines. Vive entre Miami y Venezuela y su recinto ferial, con 3.200 caballos y cinco campos de golf, está en República Dominicana. "La sangre andaluza que corre por mis venas me enseñó enseguida por dónde corría el Guadalquivir y a distinguir a Guerra de Guerrita".

La lluvia hace una tregua. Banderas blancas en forma de trajes de volantes. A las dos de la tarde la Feria está amaneciendo. Empieza la composición de lugar. Los mayoristas de pescado ofrecen una recepción. El género será de primera calidad. La Cámara de Comercio, Industria y Navegación reúne a todo el mundo. La Feria es un eje de coordenadas donde las abcisas llevan catavinos y las ordenadas platos de croquetas y adobo calentito. La caseta de la Pecera la preside una frase de Raúl Reyes. No es un tándem de la delantera del Madrid que ganó la última Liga. Es un comandante de las FARC, la guerrilla que tiene secuestradas a setecientas personas en la selva colombiana. "La vida del guerrillero es morir en combate". Un santo con dos pistolas dentro y fuera del contexto.

Los camareros de la Caseta de los Farmacéuticos comen antes de que llegue la avalancha. Es la apoteosis de los currantes. El trabajo que no se ve, el más importante. Cada caseta es un teatrito con su coreografía, sus decorados y su tramoya. La dramaturgia es libre, de los Quintero y de Ionesco. El concepto de público rompe con los cánones teatrales, ni Bertolt Brecht llegó tan lejos: el mismo que ve, es visto. Objeto y sujeto del ceremonial. Una obra sin director, sin guionistas. Con coches de caballos, como en Ben-Hur, y donde se bebe muy poca agua. Por eso la venganza de la lluvia no se hizo esperar. Y los toros se suspendieron. Ni el Cid ni Babieca. Tampoco salió el Cristo de Burgos. ¿Será una maldición castellana? La Feria no la entiende nadie, se entiende ella sola. Sin intérpretes.

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