El mismo amor, la misma lluvia

  • Lluvia

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Llueve sobre la ciudad. No he podido menos que recordar para el título aquella película de Juan José Campanella, realizada en 1999, aunque aquí no hay amor sino intensa lluvia. A mi me trajo a la memoria de inmediato el poema de Paul Verlaine. Y es que llueve incesantemente, sin parar, en todo momento, en todas las secuencias. Y la lluvia empapa las calles, los tejados, los jardines y también las almas. Sobre todo la de estos dos solitarios protagonistas de esta historia de soledades, desamores, abandonos, amargos recuerdos, despojos familiares, frustraciones y enquistadas aflicciones. Dos personajes, aparentemente desamparados, que se encuentran en una noche lluviosa y desapacible, durante un atasco urbano, que parece haber detenido para siempre sus vidas y su capacidad de redención.

Ella es Alma, acaba de separarse del hombre con el que ha compartido diez años de su vida. Tras comprar unas cosas en el supermercado se ve sorprendida por un embotellamiento en medio de la calle. Un hombre penetra en su coche. Es Roberto, vive desde hace treinta años en Madrid y ha regresado a Buenos Aires. Tiene un buen trabajo, una familia y ha vuelto a la ciudad donde nació porque su padre ha muerto, ha de enterrarlo y resolver algunos asuntos pendientes. Sobre él pesa el resentimiento de tantas ilusiones perdidas con el tiempo. Durante todos esos años no tuvo relación alguna con su progenitor.

Ese encuentro fortuito en el que Roberto se refugia en el auto de Alma, en el fragor de una manifestación de trabajadores que la policía trata de reprimir, todo parece casual, fortuito y efímero. Pero no será así. Alma y Roberto van a prolongar el encuentro mucho más allá de ese sentimiento de recíproca atracción sin más consecuencias. Siguen viéndose y la trivialidad persistente de las conversaciones les lleva a confidencias más íntimas, a confesiones de sentimientos y frustraciones. Ella ve congelada su existencia. El vuelve a sus recuerdos cuando se fue con su madre a España "cuando llegaron los milicos".

Estas reminiscencias resultan constantes en muchas películas argentinas. La vuelta al pasado como apesadumbrada herencia inevitable: el hijo que descubre documentos que prueban que el padre fue represor durante la última dictadura militar, los hijos de desaparecidos… Memoria dolorosa, infortunios, ruptura, melancolía y lluvia constante, que a fuerza de repetirse se hace monótona. Como la película cuando media su reiterativa narración. Larga, excesiva e innecesariamente larga.

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