Pañuelo al cuello, y que no nos pille el toro

  • ‘Málaga Premiere’ se viste de largo con el documental en 3D ‘Encierro’, dirigido por el holandés Olivier Van der Zee.

Existe un grave problema con ese aparatoso invento del ser humano moderno (el que no puede vivir despegado de su iPhone, iPad...) que es el formato estereoscópico. Es seguir engañando al espectador haciéndole pensar que hallará la sorpresa en la rutina, que se dará de narices con el realismo cuando cree haberse acostumbrado a la sencillez de las dos dimensiones. Con Encierro, la película que ayer inauguró la nueva sección del Festival de Cine Málaga Premiere a ratos puramente adrenalítico documental sobre la vitalidad del estar cerca de la muerte, de casi palpar su piel, queda patente que el 3D (el Teatro Cervantes, por cierto, se estrenó ayer en este formato), más que acercarle al miedo, le aleja de él. Le pone a salvo, tras una ráfaga de falso realismo visual que intenta equiparar lo solemne de los testimonios de algunos corredores, con la fuerza de la tensión y el terror. En esto último es donde, desgraciadamente, falla este trabajo del holandés Olivier Van der Zee, que pretende transmitir el hedor a miedo y a sudor que se respira en el julio pamplonica, pero todo queda en algo meramente superficial.

Obviando el tedioso uso de las tres dimensiones, el recurrir a la cámara lenta y a la cámara rápida sí que aporta la fuerza necesaria a un relato que podría haber alcanzado un potencial homérico. Sin embargo, en ningún momento se teme al toro, pero impresiona la ondulación de la musculatura de la bestia ( filmada excelentemente con cámara rápida). Su ágil paso por las calles es algo que, puede que involuntariamente, haga de este documental un admirable intento de acercarle al espectador una pasión trascendental e indescriptible, cuya esencia es prácticamente imposible de percibir a través de una pantalla, sea de la clase que sea, sea del formato que sea. Es una pena que este proyecto de Van der Zee sea un quiero y no puedo, donde no fallan todas las maneras, pero dejan entrever que los encierros de San Fermín no surgieron para ser vistos: surgieron para ser vividos.

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