Restos de un naufragio que no fue

  • Omar A. Razzak filma la vida en la isla de Ponza en 'La tempestad calmada'

Hay lugares que parecen destinados a la nada. Donde sus habitantes no tienen más que resignarse o huir. O quizás entender que fuera puede haber una vida peor. Lo dice uno de los personajes de la película La tempestad calmada: "A lo mejor uno se va para saber que no había motivo para irse". Lo comenta desde la terraza de una casa donde se contempla buena parte de la Isla de Ponza. Allí hubo una cárcel una vez, sin celdas ni vallas: la misma que parecen tener sus habitantes, que han permanecido por generaciones repitiendo esquemas, tradiciones y cultos religiosos.

Historias de naufragios, tempestades, el paso del tiempo, anécdotas locales, las romerías. Una bandada de gaviotas, uvas que maduran con calma, muertos cubiertos con cal. Esperanzas y oportunidades. Jóvenes que se van y jóvenes que permanecen. Con mucha calma, el nuevo largometraje de Omar A. Razzak viaja -como su primer trabajo, Paradiso- hacia mundos en vías de extinción. Espacios donde el día a día vive aún alejado de los malos modos del mundo moderno, pero donde éste empieza poco a poco a inyectar su veneno. Y con él quedan atrás las tradiciones y la verdad, la juventud mira a otro lado. La vida deja de ser lo que era. Es lo que ocurre en buena parte del mundo. Lo contaba anoche Jordi Esteva con su trabajo Socotra, la isla de los genios. Pero no hace falta irse a una isla perdida de la costa africana: Málaga es otro ejemplo y, para comprobarlo, basta pasear por su actual centro histórico, del que apenas le queda de historia su nombre.

El documental dialoga constantemente con el público a través de planos largos, de conversaciones tranquilas; escenas de gran teatralidad que le convierten en una especie de voyeur de lo que ocurre en la isla de Ponza. Y donde el diálogo (en un dialecto local) a veces carece de importancia: tal es la potencia visual de las imágenes y de la música del malagueño Eneko Vadillo. Y de los propios personajes, que con sus gestos y miradas dicen más que con las palabras.

La tempestad calmada es una película paciente hecha para espectadores pacientes. Para el público que acude al cine apagando el teléfono, olvidándose de los mensajes instantáneos, de redes sociales y es capaz de concentrarse. Es la única forma de adentrarse al cien por cien en el universo de este remoto lugar del Mar Tirreno. Y donde hoy viven poco más de 3.000 personas, la mitad que a comienzos del siglo pasado. Es buen lugar para preguntarse si la modernidad siempre es buena, si hay que exigirse más, si el crecimiento económico o los lujos son siempre necesarios. Y para recordar eso de que no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita. Pregúntenle a esos 12 pescadores que sobreviven a la tempestad mientras sus rostros parecen componer un cuadro de José de Ribera.

La tempestad calmada, que viajará en unos días a Documenta Madrid tras su paso por el Festival de Cine de Las Palmas (donde fue la única obra española en la Sección Oficial), se podrá ver esta tarde a partir de las 19:30 en el Teatro Echegaray.

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