Los misterios de la paja, el grano y las malas decisiones

No es cuestión de discutir aquello de que la veteranía es un grado, aunque cabría preguntarse para qué. Con una filmografía respetada y con el oficio de la literatura aprendido, uno esperaría de Jaime de Armiñán no la maldita obra maestra definitiva que cuelga como espada de Damocles en la cabeza de todos los veteranos, pero sí, al menos, una obra con las ideas claras. Es decir, de alguien con tantas películas y libros firmados se supone que sabe que una obra artística se consigue a base de tirar, borrar, rehacer y deshacer. La cuestión está mucho más cerca de apartar la paja que de descubrir el grano. Y 14, Fabian Road está en las antípodas. Y es una pena, porque de un argumento a priori interesante, con una venganza tramada a la manera clásica, Armiñán ha construido un artefacto repleto de elementos que no significan, no añaden, y como tales estorban. ¿Alguien puede explicar qué aporta el personaje de Fele Martínez, además de pesada histeria? ¿Por qué se castiga al espectador con una bochornosa interpretación del famoso monólogo del Julio César, cuando no contribuye absolutamente a nada? ¿Y por qué el personaje de la escritora gana más presencia por los modelitos que luce (su interpretación se parece más a un pase de modelos que al cine) que por lo que escribe? ¿Afecta algo al desarrollo del argumento la relación entre los personajes de Ángela Molina y Omero Antonutti, ambos desdibujados, sin raíz aunque pretendan justamente lo contrario? ¿Por qué Cuca Escribano se limita a poner cara de qué hago yo aquí? ¿De verdad cree que así se construye un personaje? Y, a tenor de lo visto en el Festival: ¿Por qué, en el cine español, cuando dos mujeres solas se conocen terminan irremediablemente en la cama, sin que, como es el caso, ello contribuya lo más mínimo a la historia? Precisamente por la veteranía y sabiduría de Jaime de Armiñán cabe concluir que aquí, como poco, se ha lavado las manos.

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