El sueño de Grecia: VII. El dios Pan

Pese a su defensa de la austeridad primigenia, H cultiva una suerte de dandismo desharrapado de filiación decadentista. Ha asumido la divisa del arte inútil y se reconoce conmovido en las desventuras de los malditos, a los que de algún modo emula cuando contempla la decepcionante posibilidad de los sueños inducidos. El camino del exceso no conduce al palacio de la sabiduría. Echado a la malandanza, la mitificada vida en el arroyo se le revela como una cosa tristísima. La fortuna lo ha abandonado y H siente, más perdido que nunca, el abrazo helador de la intemperie.

El sueño de Grecia V. La milicia de Floreal

Más que los grandes sistemas, a H le atraen las escuelas proscritas y en especial los epicúreos, aunque la doctrina original, demasiado razonable, le resulta menos seductora que su caricatura. El amor, desaconsejado por el Libertador como fuente de desequilibrios y penalidades, le parece, en cualquiera de sus variantes, un asunto irrenunciable. Vencidos pero no domados, los dioses se han reconvertido en demonios tutelares, a la espera de una segunda oportunidad que restituya los altares abolidos. Incitado por los poetas neopaganos, H anhela la hora del regreso.

El sueño de Grecia IV: Amor y ataraxia

El fin de siglo, que lo es también de milenio, tiene para H resonancias crepusculares, asociadas a las postrimerías del XIX y al grandioso ocaso del paganismo, representado por figuras trágicas como Hipatia o el emperador Juliano. De Roma y la Antigüedad tardía nació el linaje de los filohelenos al que pertenecieron Winckelmann o Byron y un maestro vivo como Agustín García Calvo, que une a la erudición la voluntad de disidencia. H sigue fantaseando, como el afrancesado Darío, con los revolcones en la floresta. Los viajeros de verdad no se han enterado nada.