flamenco

Un cantaor personal

  • Una edición en cinco CD recoge una amplia selección de la obra discográfica en pizarra de Pepe Pinto

Pepe Pinto y La Niña de los Peines, en una imagen promocional de 1945. Pepe Pinto y La Niña de los Peines, en una imagen promocional de 1945.

Pepe Pinto y La Niña de los Peines, en una imagen promocional de 1945. / Novoa / Centro Andaluz de flamenco

Durante muchos años conocimos la obra de Pepe Pinto (Sevilla, 1903-1969) por las casetes baratas que recogían sus últimos registros, con las guitarras del Niño Ricardo, Manolo Carmona y Manuel Molina. En ellas nos encontramos con un cantaor de voz fresca, juvenil, pese a que se registraron en los primeros 60, cuando el cantaor rondaba justo esa edad.

En 2003 se publicaron en CD algunos cantes grabados entre 1929 y 1932, con los que pudimos comprobar que en esa época Pepe Pinto era ya un cantaor completo, con unas enormes facultades y conocimiento de los recursos de una voz que se mantuvo lozana hasta el fin. Por eso no estoy de acuerdo con lo que afirma el libreto de esta edición de que fue tras su ingreso en la familia Pavón en 1933, debido a su matrimonio con Pastora, cuando "su estilo mejoró notablemente, comenzando a cantar muy bien por soleá, seguiriya, tientos, tonás y saetas". De 1932 datan las soleares de Cádiz A mi mare de mi alma con la guitarra del Niño Ricardo: no solamente es un ejemplo magnífico de los cantes de El Mellizo sino que además demuestran la enorme personalidad del cantaor. De 1930 data su registro Quién será esa flamenquita, con cantes de Joaquín el de la Paula, y de 1932 es Por los rincones mare con cantes de Manuel Molina y El Viejo de la Isla. Ninguno de estos dos últimos registros se incluye por desgracia en esta edición que es una selección -ciertamente amplia pero selección al cabo- de la amplísima discografía de Pepe Pinto.

Con un sello único en todo lo que cantó, creó variantes de fandangos y bulerías por soleá

La idea original era publicar las obras completas en pizarra del gran cantaor sevillano, pero la falta de apoyo institucional ha obligado a llevar a cabo esta edición divulgativa. Queda pues pendiente, esperemos que para un futuro cercano, una edición crítica y completa. Pepe Pinto tuvo la suerte de casarse con uno de los genios del cante jondo, la Niña de los Peines. No obstante lo cual, hay que decir que es un cantaor descomunal y en absoluto hay que situar su obra a la sombra de las dos figuras geniales, Pastora y Tomás, con las que convivió, como demuestran, por si hiciera falta, los registros que hizo a finales de los años 20 y en los primeros 30. La taranta de 1930 Los Molinos y la Herrería nos lo muestran como un fino estilista de los cantes levantinos.

Esta edición también lo presenta como un maestro de la guajira en dos grabaciones, de 1930 y 1932. Un cante que desaparece por completo de su discografía tras la Guerra Civil, por los vaivenes estéticos de este arte. Y es una verdadera pena porque era un gran intérprete de los estilos americanos, en la línea de su admirado Pepe Marchena, aunque imprimiéndoles su personalidad. Estas grabaciones de los años 30 tienen un valor enorme y es un placer escucharlas con esta calidad de sonido que supera en mucho la edición de 2003: nos muestran, de hecho, la verdadera cara de Pepe Pinto, un cantaor personal, creador de estilos propios por fandangos y con un timbre vocal y un conocimiento de los estilos soberbio en estas fechas tempranas. Las grabaciones de esta época se completan con un cante por colombianas, El pañuelo de Pastora, que fue uno de los grandes éxitos de Pinto y que en la presente edición viene fechada en 1930, por lo que el sevillano grabaría el estilo de Marchena antes que su propio creador.

La siguiente tanda de grabaciones que incluye esta edición data de los años 40 y destaca la irrupción de las llamadas creaciones personales con poemas de Pérez Ortiz o Del Árbol, en las que mezclan diferentes estilos en una misma grabación: el sustituto natural en su repertorio del fandango, cuya presencia desciende espectacularmente en este periodo. Estas creaciones marcan también el comienzo de la inclusión del recitado. El culmen de esta tendencia es Toíto te lo consiento (1947) y Trigo limpio (1950), dos enormes éxitos que condujeron al cantaor hacia la copla. Otra novedad en su repertorio de los 40 es la bulería por soleá, estilos estrella del cantaor por su sentido del ritmo y su capacidad para ligar los tercios. Pinto patentó una forma personal de decir este cante, pero su creatividad está escasamente reivindicada hoy. Por cierto que el cantaor lo rotula como bulería, tal y como se hacía antes de la Guerra Civil.

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