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"El precio de un Stradivarius no tiene justificación alguna"

  • Con su registro para Solé Recordings, Pablo Suárez Calero se convierte en el primer violinista español que graba la integral de las 'Seis sonatas para violín solo' de Eugène Ysaÿe.

El violinista madrileño Pablo Suárez Calero en una imagen promocional de su último CD. El violinista madrileño Pablo Suárez Calero en una imagen promocional de su último CD.

El violinista madrileño Pablo Suárez Calero en una imagen promocional de su último CD. / MICHAL NOVAK

Nacido en Madrid, Pablo Suárez se ha formado con algunos grandes violinistas (Chumachenco, Accardo, Dumay) en distintos centros europeos de prestigio. Habitual intérprete de música antigua, ha afrontado ahora un reto notable, que ningún violinista español había llevado al disco, las Seis sonatas para violín solo Op.27 que el gran virtuoso del violín y compositor belga Eugène Ysaÿe publicó en Bruselas en 1924.

-¿De dónde viene su relación con Ysaÿe?

-De mi época de estudiante, cuando monté una sonata por petición de un profesor. Luego, ya como profesional, me surgió la idea de hacerlas todas, primero en concierto, como un reto. Después de haberlas ofrecido un par de veces, pensé en la posibilidad de grabarlas en disco.

-¿Cuál es la principal dificultad de afrontar en un solo recital esta integral?

-Hay sobre todo una cuestión práctica, que tiene que ver con la concentración. Desde el primer acorde de la Sonata nº1 hasta el último de la se trata de música muy densa. Ni en los movimientos lentos te permite un segundo de reposo. Medir las fuerzas, la implicación de cada momento, requiere una gran planificación.

-Cada sonata de Ysaÿe está dedicada a un gran violinista de su tiempo [por orden de numeración: Joseph Szigeti, Jacques Thibaud, George Enescu, Fritz Kreisler, Mathieu Crickboom y Manuel Quiroga], ¿en qué medida refleja la música la personalidad artística de estos músicos y del propio Ysaÿe?

-Cada sonata tiene los rasgos de personalidad que él veía en sus colegas. Y resulta curioso, porque cuando uno oye grabaciones de Thibaud, Kreisler o Quiroga no coincide exactamente ese carácter, pero él los veía así. Unas son más expansivas y virtuosísticas, como la , con muchos fuegos artificiales, y otras tienen un carácter más lírico o descriptivo.

-¿Por qué abre el CD justo por la Sexta?

-Hasta la edición de 1924, las obras no tenían una ordenación específica. Ysaÿe las iba escribiendo y mandándoselas a sus colegas. A modo de obertura la Sexta me cuadraba absolutamente.

-¿Hay alguna raíz común que dé unidad al conjunto?

-Sin duda, Bach. En el caso de la Primera resulta muy evidente por su estructura en cuatro movimientos, con un fugato como segundo, pero Bach está por todas partes en despliegues y giros armónicos. Aunque las sonatas son expresionistas siempre está esa armonía, esa complejidad del desarrollo de voces, tan bachiano todo, en la misma Sexta o incluso en la Quinta, que es muy descriptiva, muy de danza rústica, pero siempre hay momentos, desarrollos en que se emula el lenguaje bachiano.

-¿Su dedicación al Barroco ha influido entonces en su acercamiento a esta música?

-Totalmente. Seguro que el violín de Ysaÿe estaba montado en cuerdas de tripa. Y eso lo condiciona todo; el sonido de un violín con cuerda de tripas es muy diferente al de uno con cuerdas de metal, y el virtuosismo que puedes asumir también: el tipo de golpes de arco, la velocidad que puedes desarrollar es muy diferente.

-En la grabación utiliza un instrumento de Carlo Antonio Testore datado en 1732 que perteneció en su día a un gran virtuoso sevillano de principios del siglo XX, Fernando Palatín. ¿Cómo llegó a sus manos?

-Fue hace 10 años más o menos. Buscaba un violín de cierta enjundia y un lutier madrileño me ofreció este que le había llegado de los herederos de Palatín. Era cosa seria y me metí en la aventura de la hipoteca. Pero ya no lo tengo. Después de diez años, he decidido cambiar, buscando otro perfil, otro sonido, y ahora tengo un Gagliano. Son muy diferentes entre sí. Testore era milanés y Gagliano, napolitano. No tienen nada que ver. El Testore tenía mucha sobriedad en el sonido, que era oscuro, profundo, muy adecuado para resaltar los graves, creaba una resonancia un poco catedralicia. Gagliano es el otro polo, tiene agilidad, vitalidad, energía, es más luminoso, pero además tiene gran profundidad y cierta agresividad en los graves. El Testore era un poco más el tipo de violín aristocrático, y éste, el popular, el latino.

-¿Siente presión por poseer un instrumento de prestigio? ¿Es necesario para desarrollar una carrera internacional?

-Sí, algo hay. A lo mejor sacas la misma calidad de sonido con un instrumento moderno, pero dices que es nuevo y ya no suscita el mismo interés.

-Actualmente muchos expertos están cuestionando incluso la mítica calidad de los Stradivarius, ¿qué piensa de eso?

-Se han hecho pruebas recientes, y en muchas ha sido imposible diferenciar un Stradivarius de un violín nuevo. Hablamos por supuesto de grandes violines, los Stradivarius, los Guarnerius y otras marcas por el estilo, que no tienen sólo potencia (a veces se quiere comparar a un violín moderno con uno de estos históricos por el simple hecho de su potencia de sonido, y no es sólo eso, claro), pero el marketing ha hecho que un Stradivarius pueda llegar a costar millones de euros, un precio desorbitado que no tiene justificación alguna. Los músicos nos hemos dejado embaucar por comerciantes que han establecido estos precios de forma bastante arbitraria.

-Como profesor en el Conservatorio de Aragón, ¿cómo ve el estado de la educación musical en España?

-El papel que juegan las administraciones es francamente mejorable. Siempre nos ponen las cosas más difíciles. Hay como una atmósfera amenazante de inseguridad, que parece indicar que no les interesa para nada la excelencia artística. Veo colegas muy valiosos a mi alrededor. Pero todo lo que mejora es siempre por su iniciativa, por sus propios proyectos con los alumnos. Y mientras, las administraciones no se cansan de exigirnos un montón de cosas teóricas para una profesión que no es teórica. Un intérprete no es un musicólogo. En los países donde la enseñanza musical mantiene un gran nivel desde antiguo, para ser profesor tienes que demostrar una vida artística importante, y las pruebas de acceso son siempre tocar y dar una clase. No sé por qué no se copia el modelo.

-¿Tiene algún proyecto de disco en marcha?

-Sí, un par de ellos. Voy a grabar las Sonatas de Schumann con cuerdas de tripa y Silvia Márquez al fortepiano, algo que no se ha hecho nunca en España. Y ya con mi propio grupo, el Ensemble Praeteritum, nos hemos marcado el desafío de hacer todos los conciertos de violín de Vivaldi, un proyecto a largo plazo, pero que queremos empezar este verano.

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