Pensilvania y Ohio guiaron el aplastante triunfo demócrata

  • La noche electoral fue muy plácida para Obama una vez que se supo que ambos estados caían de su lado y que en Florida, la tercera pata del 'triángulo mágico', los demócratas mantenían una cómoda ventaja

Dos años de campaña, una capacidad recaudadora sin igual, un ejército de voluntarios inédito y una organización perfecta tuvieron como resultado una noche electoral más apacible de lo que el ya presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, jamás había pensado.

Obama no sufrió ningún revés que no estuviera previsto a lo largo de la noche. Como un puzzle, las piezas fueron encajando poco a poco a la perfección para al final conformar la victoria electoral más amplia desde que Bill Clinton renovó su mandato en 1996.

Con el escrutinio aún por terminar, Obama tenía en su casilla 338 votos del Colegio Electoral, por 156 de su rival, el republicano John McCain.

Fue a las cinco de la mañana cuando, tan pronto como cerraron las urnas en la costa oeste, todas las cadenas de televisión dieron la batalla por terminada. Fue California, con 55 votos electorales, el que llevó definitivamente a Obama por encima de los mágicos 270 que tienen la llave de la Casa Blanca.

El triunfo de Obama comenzó a encarillarse cuando cayeron de su lado los 21 votos de Pensilvania, un estado tradicionalmente demócrata que McCain, a pesar de sus siete puntos de desventaja en las encuestas, había pretendido tornar esta vez republicano.

Poco después llegó el triunfo en New Hampshire, poco importante numéricamente, pero muy simbólico: aunque sólo entregó cuatro votos electorales, el pequeño estado de Nueva Inglaterra, repleto de votantes independientes, tenía un importante significado para McCain: allí resucitó en las primarias de 2000 y de 2004.

David Axelrod, el jefe de estrategia de Obama, comenzó en ese una ronda por las cadenas de televisión para mostra su satisfacción y confianza por el análisis de los primeros datos. "Todo lo que vemos parece positivo. Lo más importante es que nos gustaría hacer que el reloj fuera más rápido", afirmó.

El reloj corrió y mucho, especialmente en comparación con las dos últimas elecciones: en 2004 hubo que esperar a las primeras horas del día siguiente para conocer al presidente, y en 2000 se necesitaron 36 días y una decisión del Tribunal Supremo.

Mientras en Florida comenzaba el recuento, los estados que tenían que ir a su casillero lo hacían como corderos de un rebaño: Massachusetts, Nueva Jersey, Delaware, Distrito de Columbia, Maine, Connecticut, Vermont, Maryland e Illinois. A ellos se sumó pronto Nueva York.

McCain, mientras tanto, veía entrar en su cuenta sólo estados del sur Kentucky, Tennessee, Carolina del Sur, Alabama, Georgia y Oklahoma. En su campamento sabían que ganar los estados tradicionalmente republicanos no bastaría, y guardaban silencio.

Entonces llegó el golpe ya definitivo, con Ohio, un estado donde Obama apenas tenía dos puntos de ventaja y donde los sondeos se habían apretado. Del triángulo mágico que formaban Pensilvania, Ohio y Florida su camino hacia el triunfo pasaba por ganar los tres o, al menos, dos. La certificación de su derrota era sólo cuestión de tiempo.

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