Un año de la 'primavera árabe'

  • La inmolación de un tunecino, hastiado de la opresión del régimen, encendió una mecha que todavía no se ha apagado · Cuatro regímenes autocráticos han caído por la cólera de las masas enfurecidas

Hoy hace un año que el joven tunecino Mohamed Buazizi se roció con gasolina y se prendió fuego para denunciar la humillación a la que le sometía el régimen de Ben Ali, que se había incautado de su único medio de subsistencia, un puesto ambulante de frutas y verduras.

Ese acto de rabia e impotencia prendió como la pólvora en el pueblo natal de ese joven de 26 años, la ciudad obrera de Sidi Buzid, y se extendió por todo el país hasta llegar a Túnez capital.

El 14 de enero, el presidente Zine al Abidine ben Ali, sobrepasado por las circunstancias, abandonado a su suerte por el Ejército y en un acto sin precedentes en la historia del mundo árabe, huyó del país.

La humillación de Buazizi era la de muchos tunecinos y la de muchos árabes que llevaban décadas viviendo oprimidos bajo regímenes dictatoriales que en nombre de la estabilidad, la seguridad y el desarrollo habían secuestrado la democracia y la libertad de los ciudadanos.

Pero, a pesar de esas renuncias, la opresión tampoco les había traído mejores condiciones de vida, sino más hambre, más paro y más represión. Ante los ojos de la población, sus dirigentes sólo gobernaban para ellos mismos, perpetuados en un círculo vicioso del que sólo una pequeña camarilla de familiares, amigos y allegados se beneficiaba. Animados por la caída de Ben Ali, que en su último discurso, viéndose perdido, había lanzado un grito desesperado solicitando el perdón: "Fahemtkum" (os he entendido), dijo, las revueltas se extendieron como un aluvión.

Inmediatamente después, Egipto tomó el relevo y convocó una manifestación para el 25 de enero. Una protesta que incluso sus participantes no dudaban en que sería una de tantas como las que se habían convocado desde 2005.

Sin embargo, la llama que había prendido Buazizi, que murió el 4 de enero en un hospital, al que el propio Ben Ali se acercó para visitarlo, había calado profundamente en los ánimos.

Como luceros que anuncian una nueva alba, las convocatorias fueron irrumpiendo en los anquilosados regímenes que repetían y siguen repitiendo que sus países son excepcionales y ajenos a lo que comenzó llamándose la revolución de los jazmines de Túnez y terminó por convertirse en la primavera árabe. Así, en Argelia, el 22 de enero; en Yemen, el 3 de febrero; en Siria, el 4; en Bahrein, el 14; en Libia el 15 y en Marruecos el 20 del mismo mes, las manifestaciones pacíficas fueron iniciándose de manera inexorable.

El calendario árabe se fue llenando de días en rojo, de convocatorias a través de las redes sociales que se fueron renovando semana tras semana y especialmente viernes tras viernes, tras la oración del mediodía.

Pero no todos los brotes revolucionarios lograron florecer con la misma fuerza. Sólo cuatro han logrado abrirse paso -Túnez, Egipto, Libia y Yemen- y, de momento, ninguno ha terminado de madurar definitivamente.

Tampoco todos triunfaron con la misma facilidad con la que, por ejemplo, los egipcios tumbaron al régimen de Hosni Mubarak, en sólo 18 días, desde el 25 de enero hasta la renuncia del rais el 11 de febrero.

En Libia la revuelta pacífica pronto se convirtió en una insurgencia armada que necesitó ocho meses y la ayuda de la OTAN para librarse del régimen del coronel Gadafi que llevaba enquistado en el poder desde hacía 42 años.

En otros países como Marruecos y Argelia la introducción de algunas reformas y la promesa de más parece haber aplacado, al menos momentáneamente, los ánimos de los ciudadanos.

No obstante, como ocurrió en Libia la mayoría de los regímenes optaron por la represión. Bahrein, que el 15 de marzo declaró el estado de emergencia, acudió incluso del Ejército saudí para sofocar las protestas que se habían hecho con el control de la emblemática plaza de Lulu (la Perla), en Manama.

En Yemen, el presidente Ali Abdala Saleh firmó finalmente el pasado 23 de noviembre una iniciativa que estipulaba su renuncia al poder.

En Siria, a pesar de las cada vez más duras represalias y de la apariencia de inquebrantable unidad del régimen, del que sólo algunas unidades militares parecen haberse desligado, continúan a diario las manifestaciones que se cobran numerosas víctimas.

Hoy se cumple el primer aniversario desde que el humilde Mohamed Buazizi prendió una llama que todavía sigue encendida hasta en los procesos de transición.

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