Ahí va Noel

  • Tras reeditar el conmovedor 'Diario íntimo' del escritor madrileño, el sello Berenice publica uno de los libros en los que el bravo orador apoyó su campaña contra el flamenquismo y la tauromaquia.

Señoritos, chulos, fenómenos, gitanos y flamencos. Eugenio Noel. Berenice. Córdoba, 2014. 198 páginas. 16 euros.

Perdido, como lo viera Cansinos Assens, "en la nébula de las utopías universales", Eugenio Noel es uno de esos secundarios fascinantes en la nutrida y a menudo pintoresca galería de escritores del Novecientos que orbitó en torno a las grandes figuras del 98, pero fue precisamente el crítico sevillano quien nos mostró que en aquella desmedrada cuadrilla de autores semiolvidados, cuyas obras apenas han vuelto a tener circulación fuera de los círculos eruditos, alentaban -de modo quizá imperfecto pero a la vez purísimo- algunas de las principales ideas e inquietudes del siglo. Con insuperable lucidez escribió Cansinos: "Los intelectuales del 98 no han abierto en el pueblo el ancho surco necesario. Les ha faltado el ardor épico, el entusiasmo romántico [...] Sus plumas frías, acostumbradas al sereno ritmo de las líneas filosóficas, no han sabido temblar con el violento espasmo trágico". Son palabras que no pueden aplicarse a hombres como Machado o Unamuno, pero es verdad que hubo en aquella formidable generación una cierta "incomprensión del alma popular", pese a que el regeneracionismo heredado de sus antecesores los predisponía en sentido contrario. Noel, sin embargo, epígono fervoroso pero poco permeable a las etiquetas, es un caso aparte.

Lejos de la severidad "jansenista" de sus maestros de la Institución Libre de Enseñanza, el humilde y combativo escritor, escapado del seminario y veterano de la guerra de África, fue siempre -demasiado corazón- un bohemio irredimible que a partir de un momento dado volcó sus energías en ejercer como propagandista, empeñado en una cruzada itinerante contra el flamenquismo que lo llevó a disertar -su apostolado era también una forma, esforzada y menesterosa, de ganarse la vida- ante públicos a menudo hostiles de toda la geografía nacional. De este modo, entre discursos, alborotos y palizas, el bravo Noel se iba dejando la piel por las plazas de una España convulsa que estallaría años después en mil pedazos. "Pensador plebeyo" y de "ancha frente obstinada", Noel tenía -continúa Cansinos- la pasión de los iluminados, y a nadie pasaba desapercibida la contradicción entre su defensa de los principios de la ciencia moderna y las formas castizas y arrebatadas de las que se servía en sus prédicas. Todas estas campañas las relató en su recién recuperado Diario íntimo, reeditado por la misma editorial, Berenice, que ha publicado ahora uno de sus libros más citados -escribió muchos- en este registro militante, Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos (1916). No es el tipo de libro que entusiasmaría, si hubieran vuelto a leer desde que dejaron el colegio, a los señores consejeros y demás integrantes del tinglado de las señas de identidad.

Injuriado, escarnecido, literalmente golpeado por las turbas, el hombre que pregonaba la cultura y abominaba de las juergas se hacía retratar, como luego Quiñones, vestido de torero, tal como lo muestra la cubierta de este libro que no había vuelto a estar disponible desde su primera aparición. Destaca el editor, David González Romero, familiarizado con ese linaje heterodoxo del que formarían parte otros autores de su catálogo como Silverio Lanza, no sólo la afinidad de fondo -ya señalada por Azorín y visible para cualquiera- de Noel hacia el mundo contra el que arremetía, sino también el carácter visionario de muchas de sus apreciaciones, pues el paladín del antiflamenquismo era un profundo conocedor de todo aquello que presuntamente detestaba. "Ahí va Noel" se convirtió en una frase popular, pronunciada las más de las veces con un punto de chanza, pero el benemérito polemista -esa es su grandeza de españolazo insumiso- tampoco podría ser reivindicado por los tipejos de Esquerra o los santos impugnadores, tan asépticos y etéreos, a las corridas de toros.

El libro, por decirlo vulgarmente, no tiene desperdicio y es de una ferocidad que desafía todas las convenciones de la corrección política. Hay algo admirablemente solanesco en sus estampas, pero como ocurre siempre con las transcripciones fonéticas del habla andaluza, los pasajes en los que Noel reproduce sus usos y peculiaridades resultan fatigosos y a veces involuntariamente cómicos. Por otra parte, el bienintencionado misionero no parece haber percibido todo lo que en el flamenco hay -¿había?- de protesta de los sin voz, y su desconfianza hacia los desvaríos del pueblo tiene algo -esto también lo vio Cansinos- de soberbia inhumana. De cualquier modo hay que tener cuidado a la hora de trazar paralelismos, pues entre las figuras dramáticas pero no necesariamente miserables de los toreros y cantaores del primer tercio del siglo -vidas duras, novelescas, a su modo heroicas- y el escalafón actual de millonarios consentidos que apenas se diferencian en nada de los balbucientes astros del balompié, media un trecho -un abismo- que explica muchas cosas sobre la decadencia de unas artes institucionalizadas, languidecientes y vaciadas de contenido en las que ya no late lo que Bergamín llamó la verdad verdadera.

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