Amandine Beyer, todo a pulmón

Ciclo Una Introducción a J.S.Bach. Amandine Beyer, violín barroco. Programa: Sonata no. 1 en sol menor BWV 1001; Partita no. 3 en mi mayor BWV 1006; Partita no. 2 en re menor BWV 1004 para violín solo de Johann Sebastian Bach. Lugar: Casa de la Provincia. Fecha: Domingo 11 de diciembre. Aforo: Lleno.

Si las sonatas y partitas de J.S.Bach son el Himalaya del violín -como las denominó en su conferencia de presentación el guía de esta serie de conciertos, el crítico de esta casa y como siempre preciso en sus explicaciones Pablo J. Vayón- Amandine Beyer decidió anoche subirlo sin oxígeno, esto es, sin ayuda de partitura ante ella, e hizo cumbre en la Ciaccona final -el Everest de la colección- sin el menor desfallecimiento.

Demostraba así la Beyer que a la actual generación de violinistas barrocos no hemos ya de perdonarle los pecados técnicos que, en décadas anteriores de la práctica historicista, permitían a los violinistas clásicos convencionales mirarles por encima del hombro. La francesa ha construido una sólida carrera dentro de la más pura ortodoxia de la recuperación del instrumento barroco -es sucesora de Chiara Banchini en la Schola Cantorum de Basilea, el sancta sanctorum de la especialidad- y ha unido al rigor estilístico de esa tradición un sonido amplio, homogéneo y limpio, una afinación intachable, un arco preciso, y, en suma, una solidez técnica que le permitió moverse por las endiabladas dificultades de la escritura bachiana con aparente comodidad, sin pasar más apuros que algún leve emborronamiento en los movimientos más rápidos (Presto de la sonata, alguna Giga).

Con pleno aplomo escénico, Beyer mostró las virtudes de esa mainstream del -valga la expresión- actual estilo barroco: atención al detalle en la articulación, vibrato muy dosificado, ataques delicados, inteligencia en el fraseo; alguien -va en gustos- echaría de menos más riesgos en dinámicas, agógicas y ataques.

Culminó así brillantemente el ciclo de la OBS con la oportunidad de escuchar una pieza, la Ciaccona, archiconocida pero, paradójicamente, rara de escuchar con su instrumento original en una interpretación de alto nivel, y menos aún con el conocimiento y la hondura que demostró Beyer.

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