Crítica de música

Apoteosis del aburrimiento

  • El reparto gris y anodino de la ópera Werther sólo se salvó por las voces secundarias.

¿Por qué Werther? Es, sin duda alguna, el título más flojo, aburrido y dramáticamente insostenible de todo el repertorio. El último acto es uno de los momentos más ridículos que, lejos de emocionar y conmover, provoca en el público el deseo de que alguien (el puntillero de la Maestranza, por ejemplo) acabe con el sufrimiento de Werther y de camino con el nuestro. Y musicalmente sólo se salvan un par de melodías y algún que otro momento orquestal. Es la típica ópera que sólo se sostiene si hay en escena una voz excepcional capaz de seducir y de arrastrar al oyente con el despliegue de recursos expresivos.

No fue el caso anoche, otra más de repartos grises y anodinos que, en este caso, sólo se salvó por las voces secundarias. En primer lugar, una Ruth Rosique rutilante y deslumbrante, con una voz de un brillo apabullante y una gracia en el fraseo realmente magistral, matizado y detallista. Y con ella unos espléndidos Manuel de Diego (la mejor intervención en el Maestranza que le recordamos) y Fernando Latorre, poseedores ambos de voces bien colocadas y de una magnífica capacidad expresiva. Los niños y niñas de la Escolanía de los Palacios estuvieron muy acertados en el primer acto, con buena afinación y empaste, aunque en las breves frases del final de la ópera sonaron algo estridentes.

Jossie Pérez fue entrando progresivamente en un personaje que cantaba por vez primera. A unos dos primeros actos algo fríos e inexpresivos le sucedió un tercero mucho más dramático e interiorizado, consiguiendo los únicos acentos realmente emocionantes de la representación. Desde el punto de vista vocal se detectaron insuficiencias en un registro grave que aborda sin el suficiente apoyo (sonidos huecos) y en las notas superiores, metálicas y chillonas. La emisión es algo engolada y trasera, lo que le priva de una apropiada proyección. Andrew Richards es un tenor lírico spinto que se defiende bien en los arrebatos dramáticos y al que la voz le corre bien en el forte. Pero el personaje de Werther tiene muchos recovecos y exige una voz mucho más flexible, capaz de apianar, de regular el sonido y de recrearse en la media voz y en la voz mixta. En estos momentos tiernos, de lírica intimidad, la voz pierde definición y color, suenan notas rozadas, se recurre al falsete y hasta aparece algún gallo, como en el monólogo del final del segundo acto. Consciente de ello, tiró hacia el forte en cuanto podía, haciendo un Werther volcado hacia el verismo y carente de delicadeza. Como Albert, Schagidullin no pasó de la corrección con una voz algo temblorosa y engolada.

Plasson, como el año pasado, tuvo que hacer frente a las carencias de las voces y cuidarlas al máximo desde el foso, lo que no impidió que su maestría asomase en la delicadeza del fraseo y en el dramatismo de algunos pasajes. No anduvieron finos los violines, sobre todo en los preludios de los actos primero y tercero.

De formas contundentes y muy clásico, el montaje escénico abusa del tópico del paralelismo pasión-color rojo, con inocentes y burdos cambios de iluminación, si bien el movimiento de los actores está bien resuelto.

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