Auswitch antes de Auswitch

Uno de los mayores valores del último disco de Esperanza Fernández es lo mucho que se parece a sus directos. El repertorio coincide en un 80 por ciento con lo que escuchamos en los recitales de la cantaora. Por eso la trianera, en la presentación de su disco, cantó como suele hacerlo. Con su voz emotiva y plena de colores. Con la entrega absoluta que trasmite a su grupo, en especial a sus guitarristas, con un Salvador Gutiérrez inspirado y un Miguel Ángel Cortés sólido y solvente como siempre. José Antonio Rodríguez me gustó mucho: aportó en la farruca un toque ajustado y con la mirada puesta en el futuro. Como suele ocurrir con Esperanza, la selección de letras debilitó un poco el recital, en este caso por un exceso de autorreferencias raciales, geográficas y personales (especialmente en los fandangos onubenses firmados por Jaraqueño resultaron estomagantes).

La puesta en escena era la gran novedad de la noche. Una apuesta por la que aplaudo a la cantaora, tan valiente como suele. Y la puesta en escena cometió varios pecados. Uno de ellos mortal. Cuando un cantaor está en el último tercio de un cante por seguiriya o por soleá, estamos ante un momento sagrado. Esa norma se cumple incluso en los festivales más bulliciosos de nuestras noches de verano. Sin embargo, el espectáculo de anoche incurrió en este error: la irrupción en escena de los músicos de Esperanza justo cuando ella se estaba retorciendo de ira o de melancolía a solas con Cortés. Entre los veniales cito los fallos técnicos con el proyector, los botellines de plástico y varias entradas y salidas a destiempo. Lo del baúl en la escena y la lluvia de rosas fue tópico, aunque la cantaora se rompió de emoción. Las imágenes de Auswitch, que forman parte de nuestro inconsciente colectivo, fueron introducidas al compás del Himno de los gitanos de Jovanovic. En los campos de exterminio también había gitanos que nos recordarán que el dolor de un solo hombre es el dolor del hombre. Pero, como decía arriba, la lluvia de rosas final rompió con la austeridad exigida. Aunque esta verdad está en la seguiriya del Marrurro y Molina.

La disposición escénica discriminaba con eficacia convencional los ambientes más íntimos de seguiriya, soleá y farruca, con otros más sociales por fandangos, tangos y canciones por bulería. La intimidad de la cantaora con su tocaor y su soledad por un lado y el pequeño tablao de café cantante por el otro. Los tangos supusieron uno de los momentos más destacados de la noche gracias al eficaz estribillo coral, ambiguo desde el punto de vista armónico. La pincelada de baile no sumó, sino que restó.

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