Batiburrillo y pachanga que encandilaron al público

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Debo empezar confesando que uno no sabe distinguir un palo flamenco de otro. ¿Estamos, pues, cualificados para hablar de un concierto como el de anoche, que tan aplaudido fue, cuando buena parte del mismo, por no decir todo, transcurrió en el terreno del flamenco, sin ensayar apenas un acercamiento a las orillas del jazz? Claro que éste es un ciclo de jazz, así se anuncia, de modo que es uno quien acude y no el compañero Vergillos, gran flamencólogo...

No confía uno demasiado en que el flamenco y el jazz sean géneros musicales especialmente reconciliables. A los hechos (que en nuestro caso son grabaciones y conciertos) me remito: Iturralde o Pardo brillan o en el jazz o en el flamenco, pero el engendro flamenco jazz no deja de parecernos un producto de interesada mercadotecnia, cuando no un lastre turístico-chovinista. Así el tan celebrado disco de Niño Josele, Peace, en homenaje a la música de Bill Evans, que tiene buenos momentos, pero tiende a la edulcoración. Anoche apenas si se entregó el guitarrista a su tentativa evansiana, y el concierto se desarrolló como un único, interminable tema, durante el cual se abusó de la intensidad, el huero virtuosismo y la bulla percusiva.

Pero agárrense, porque mañana toca Zorn, que en alemán quiere decir "furia".

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