De la Boca al Arenal

Como habrán podido comprobar si leyeron ayer la crítica de nuestro compañero Pablo J. Vayón, se han sucedido en este fin de semana sendos conciertos organizados y promovidos por sendas asociaciones de amigos de los conjuntos orquestales de esta ciudad, la Orquesta Barroca de Sevilla y la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Acostumbrados como estamos a que prácticamente toda la vida musical de la ciudad venga dada por iniciativa de instituciones públicas (Ayuntamiento, Diputación, caja de ahorros, Junta de Andalucía...), a veces no somos conscientes de la importancia que supone el surgimiento de iniciativas nacidas desde abajo, desde el tejido social que no se conforma con recibir desde el poder una oferta cultural, sino que, analizando las carencias y condicionantes de dicha oferta, decide erigirse en elemento productor y promotor de una oferta alternativa y complementaria. Es la prueba inequívoca de que a pesar de la colonización del espacio cultural por parte de lo público, aún hay vida e ideas más allá de lo institucional. Unos recién llegados (y bien venidos) y otros con más de una década a sus espaldas, mantienen viva la llama de la inquietud cultural ciudadana más allá de las consignas del poder.

El concierto de ayer por la mañana tuvo el aliciente de conocer de primera mano a uno de los más sólidos valores de nuestra agrupación sinfónica: Anatoli Andrianov, en la poco conocida cuerda de violas y Claudio Baraviera, el chelista argentino cuyos méritos están muy por encima del lugar que ocupa en la ROSS. Ambos arrancaron con una obra galante de Alessandro Rolla en las que les costó encontrar el punto justo al sonido y la afinación, sobre todo el chelo en el registro superior. Pero todo cambió radicalmente con la aparición de la pianista Vera Anossova en el Trío patético de Mijail Glinka. Es como si el lenguaje abiertamente desagarrado y la expresividad más dramática hiciese sacar de los intérpretes todo el calor y toda la efusividad. El empaste y la conjunción fue perfecta, con un piano muy ajustado en sonido y en pulsación, al que sólo le hubiese faltado un poco más de rubato en el Largo, el momento de mayor intensidad expresiva y en el que viola y chelo brillaron a gran altura en sus respectivos momentos a solo.

La matiné alcanzó su momento más intenso con Las estaciones Porteñas, que trajeron al Arenal todo el aroma del barrio de la Boca, ese "alma inquieta de un gorrión sentimental", que diría el Morocho Gardel. Anosova sostuvo de forma magistral el ritmo sincopado desde el teclado y desplegó un magnífico pasaje a solo en el Invierno. Fue éste el momento más intenso y más expresivo, con una viola que supo superar los problemas tonales del instrumento y un chelo profundo, melancólico, lírico, capaz de poner en pie ese pensamiento triste que se baila que es el tango.

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