Calderón, el más grande en lo más pequeño

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Pedro Calderón de la Barca. Versión: Eduardo Galán y Daniel Pérez. Director: Mariano de Paco Serrano. Reparto: Patxi Freytez, Carmen Morales, Santi Nogués, Alejandro Arestegui, Ana Ruiz, Juan Calot y Manuel Gallardo. Iluminación: Nicolás Fischtel. Escenografía: David de Loaysa. Lugar: Teatro Lope de Vega. Fecha: Jueves 24 de febrero. Aforo: Casi lleno.

Calderón va directo al grano, no se anda por las ramas, y esta versión más. Esta versión es más en todo, en lo paródico, en lo directo y en lo popular. Está bien, prefiero un mohín a tiempo que un verso pocho. Pero por partes. Primero, la adaptación que Galán y Pérez han sacado de El galán fantasma apunta a un objetivo concreto: hacer una versión popular, risueña, veloz y feliz, casi familiar. Ese, estoy seguro, era también uno de los objetivos que Calderón tenía al escribirla. Se despacha la comedia en hora y media y hay actualizaciones y recortes a troche y moche. Por otra parte, la dirección reincide en ese carácter cómico que tiene el texto y lo fía todo a los versos y la vis cómica de los actores. Y aquí llegamos al peligroso lugar donde la parodia pasa a ser caricatura, una línea que esta versión pisa en alguna ocasión.

Pero al margen de estos peros, el espectáculo que hasta el sábado se levanta en el Lope tiene todos los ingredientes para una velada perfecta. Tiene humor e ingenio a raudales, y no sólo por parte del gracioso -ese milagro humano que nos nació en el barroco y que Santi Nogués dibuja notablemente- con sus exageraciones, su cobardía y deslealtades, sino por parte del resto de personajes, a los que les gusta jugar con las palabras y las apariencias. Tiene además esta obra una ligereza encantadora y un ritmo de galope que los actores han asimilado perfectamente y regalan al anfiteatro con alegría. Bien Carmen Morales y Ana Ruiz. Y por supuesto la obra tiene su final feliz donde las fuerzas morales que se han opuesto (grandes Juan Calot y Manuel Gallardo) se equilibran reestableciendo el orden.

Hay aquí mucho más, por supuesto, porque Calderón es nuestro Shakespeare, la altura de su verso, la geometría perfecta de sus obras, el ingenio, la técnica y los temas tratados, su inteligencia y humor, su sátira constante y su afán por comprender lo hacen eterno.

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