Cientos de admiradores despiden a Sara Montiel en las calles de Madrid

"En cuanto le vi yo me dije para mí, es mi hombre". Al son de estos compases el coche fúnebre con los restos mortales de Sara Montiel, que falleció de forma imprevista el pasado lunes, hizo ayer su entrada en la plaza de Callao de Madrid, donde una pantalla de cien metros cuadrados proyectaba uno de sus grandes éxitos en el cine, La violetera.

Cientos de personas se fueron haciendo un hueco, desde la mañana, en los aledaños de Callao y la Gran Vía, que permaneció cortada como en las noches de sus grandes estrenos. Había admiradores de todas las edades, que vieron llegar y despedirse a una comitiva de once coches, en uno de los cuales viajaban sus hijos, Thais y Zeus.

Al grito de "¡Viva Sara!", "¡Ole Sara!" y "¡Guapa!" recibieron algunos de los congregados a la primera actriz que rompió las barreras nacionales para adentrarse en el anhelado Hollywood.

Una fotografía de una bellísima Sara Montiel aparecía tras los cristales del coche que la trasladaba. Una instantánea perteneciente a uno de sus discos, elegida por su hija Thais, y sobre la que iban cayendo algunos claveles rojos mientras un grupo de señoras se arrancaba a cantar: "cómpreme usted este ramito, lucirlo en el ojal".

Ayer en Madrid se producían dos despedidas para una misma persona: primero ésta, en la Gran Vía, que se engalanó para darle el último adiós a Sara Montiel, la gran estrella, y minutos después, se enterraba de manera sobria a María Antonia Abad, una mujer no menos inolvidable.

El desbordante periplo vital de Saritísima, como la apodó Terenci Moix, exigía una división que separara el mito, que ella misma alimentaba, de la persona, que pocos conocían.

Fuera de la pompa, del exceso que acompañaba a la gran Sara Montiel, de los relatos en tono de leyenda sobre su relación con James Dean, Marlon Brando o Gary Cooper, la intimidad y la sencillez se apoderaron de la Sacramental de San Justo, recordando que bajo las túnicas de Sara Montiel seguía existiendo la manchega hija de labriegos, María Antonia Abad.

Junto a Giancarlo Viola, su ex amante, abriendo entre lágrimas la comitiva al sepulcro que ella misma había mandado construir para su madre, apenas 200 personas, muchas de ellas de los medios de comunicación, despidieron a la protagonista de El último cuplé y pionera en el desembarco español en Hollywood.

Un ataúd color caoba rematado con un Cristo y una docena de claveles rojos acercaban a la cotidianeidad su adiós. "Llegó por el mar un día y se marchó por el mar. / Se llevó como recuerdo un beso, no pidió más" fueron los versos de La sirena, de Ramón Alarcón, que se recitaron antes de dejar definitivamente a la actriz y cantante junto a su hermana, Elpidia, y su madre, María Vicenta, sobre cuya lápida dormía ella con su visón para llorar su muerte.

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