Coitus interruptus

Teatro La Abadía en colaboración con el Goethe-Institut. Autor: R. W. Fassbinder (a partir de la obra de Goldoni). Traducción: Miguel Sáenz. Dirección: Dan Jemmett. Intérpretes: José Luis Alcobendas, Jesús Barranco, Miguel Cubero, Lino Ferreira, Lidia Otón, María Pastor, Lucía Quintana. Espacio escénico e iluminación: Dan Jemmett. Vestuario: Vanessa Actif. Lugar: Teatro Central. Fecha: Viernes, 5 de abril de 2013. Aforo: Completo.

Hasta La Abadía se equivoca. Lo malo es que en este caso lo hace a conciencia, quiero decir, deliberadamente. La versión del inglés Dan Jemmett sobre la obra de Fassbinder tiene todos los ingredientes para gustar, para ser una obra que se disfrute. Sus intérprete, llenos de registros, se empeñan a fondo y demuestran, con creces, que están por encima de la puesta en escena. El resto de los elementos -iluminación, escenografía y vestuario- se sitúan en el alto nivel que se le exige al Teatro de la Abadía, a pesar de que los recortes económicos también les afectan.

Y, sin embargo, Jemmett tensa la cuerda hasta conseguir que el espectador salte. Desafortunadamente no estamos en los años 70, donde el público hubiera demostrado su enfado. Vivimos en un siglo donde es prácticamente imposible sorprender en un espectáculo porque la sorpresa y la desesperación la vivimos día a día en una realidad que se ríe a carcajadas de nosotros.

La historia de este café que vive a la sombra de un casino en el que el dinero se ha adueñado del carácter de sus personajes y donde la sexualidad, bendita sexualidad, esa no se acaba ni con la crisis, recorre todos los caminos, incluidos los viciosos, se cuenta en tres actos. El primero, histriónico, con esa licencia tan de moda en el teatro actual de situar a los actores sentados en una fila de sillas enfrente del público, llega a cansar por su exasperada forma de llevar al límite una sublimación de la comedia del arte en homenaje a Goldoni.

El segundo acto, un acierto, hace que la carrera hacía la desesperación que nos estaba provocando tanto grito se amilane. Pero entonces comienza el tercero en el que la propia compañía tiene muy claro que está tocando los pitiplines al respetable.

Tanto, que uno de los personajes se convierte en el portavoz del público y expresa lo que todos estamos pensando y no nos atrevemos a gritar.

Es evidente que no hay error. La obra es exactamente la que ha querido su director. Y en esa propuesta ha pretendido molestar y cansar para dejarnos con una canción que critica el comportamiento de los banqueros.

Como dije al principio, hasta La Abadía se equivoca, aunque lo haga con muy buen gusto y con un montaje impecable. Pero lo que no está uno dispuesto a estas alturas es a ir al teatro a que te aburran intencionadamente.

En ese sentido Dan Jemmett lo ha conseguido.

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