Arte

Coleccionismo e indiferencia

Las galerías de arte, además de obras a la venta, poseen su propia colección. Suelen ser de interés, porque reúne el punto de vista del profesional y la sensibilidad del aficionado, aunque tengan la desventaja de la heterogeneidad pues se componen de obras aisladas de diversos autores, elegidas por el mejor criterio del galerista.

Así ocurre en la actual exposición del Centro de las Artes de Sevilla constituida por la colección de la galería murciana T20: reúne autores claves del arte actual en España, pero con obras aisladas, breves flashes que hay que completar con más información, si se quiere comprender su alcance.

Así, en la planta alta, hay una pequeña escultura de Alicia Martín: un amasijo de libros empotrados a los dos lados de un muro, con un título expresivo, Diletantes. Junto a ella, una fotografía del sevillano Juan Carlos Robles y otra de Kaoru Katayama, ese japonés empeñado en tender vínculos con el folclore salmantino: obras de interés pero difíciles de valorar, si no se conoce la ejecutoria de sus autores. De las dos alas de la planta baja, una acoge fotografías y la otra pintura. Entre las primeras, destacan un paisaje de Monserrat Soto, la fantasía ácida de Carles Congost, una poética imagen de Marina Núñez, la ironía conceptual de Santiago Sierra y los inciertos paisajes urbanos de Sergio Belinchón. En la pintura, merece reseñarse la obra de Santiago Ydáñez, el humor de Miguel Fructuoso al rememorar los Prouns de Lissitzky y la reflexión sobre el espacio pictórico de Fod. Hay, además, un inteligente objeto de Núñez Gasco: una pantalla de plasma cuidadosamente construida y lógicamente silenciosa, aresting piece, en alusión equívoca al descanso del espectador o a la muerte de la máquina.

Este breve recorrido señala tanto el interés de la muestra como su dificultad: no hay información que contextualice las obras. Tampoco catálogo. Por no tener, la muestra carece hasta de cartel anunciador. Carencias que hacen pensar en el desinterés del Ayuntamiento hacia su Centro de las Artes.

La política cultural del Ayuntamiento se orienta en una dirección diferente a las expectativas despertadas por el Centro de las Artes de Sevilla, una dirección que parece repartirse entre los circuitos de la industria cultural y el populismo. Porque sólo el populismo debió dictar la costosa compra de las esculturas de Mitoraj, un autor tan espectacular como mediocre. Mitoraj llegó a Sevilla (como a tantas ciudades españolas) de la mano de La Caixa. Con el mismo patrocinio ha llegado Manolo Valdés: su obra, expuesta en la Alameda de Hércules, está muy lejos del rigor de sus años de Equipo Crónica, pero ha debido pesar más el aval de la galería Marlborough que la propia calidad del trabajo. Para fechas próximas se anuncian dos muestras producidas por otra entidad financiera, la Caja Mediterráneo: una de ellas, la dedicada a Da Vinci (no es la amplia muestra dirigida por Tanchiani), llega aquí después de más de cinco años de itinerancia. El Ayuntamiento, pues, parece haberse convertido en gestor y cliente de iniciativas privadas cuya ejecución, además, no es en absoluto barata.

Es cierto que el arte contemporáneo tiene presencia en Sevilla gracias al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, dependiente, como se sabe, de la Junta, pero el Ayuntamiento debería completar tal esfuerzo con apoyos a jóvenes autores (que abundan en la ciudad), intercambios entre ellos y artistas de otras ciudades europeas, o con muestras de verdadero interés. Tareas no faltan pero sobra indiferencia. Una sola muestra se ha organizado de artistas jóvenes, María Cañas y Rubén Guerrero. Ni siquiera contó con un modesto catálogo.

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