Crítica de Música

Defended la alegría

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Un quinteto de metales es un conjunto singular, que genera expectativas singulares en el oyente. Fanfarrias, piensa uno. Y espera brillantes acordes, choque de timbres, melodías siempre frescas, siempre un poco más altas de volumen de lo que uno está, por norma, dispuesto a soportar; un poco de gamberrismo musical en suma, de olvidarse por un rato de la medida exacta de los compases, un océano de chispas achampanadas, de franca alegría (más en un programa que la anunciaba desde el título). Pero suena el Aleluya de Haendel y es como si la escena la ocupara una comisión de subsecretarios cumpliendo con sus trámites burocráticos, todos con su cuidada gama de aburridos grises. Harding no mejora mucho la impresión y Mozart la empeora.

Javier Rizo es simpático y sus bromas tratan de provocar en el público esa jovialidad que el público espera no de sus palabras, sino de la música. Animada por el mundo del jazz, una suite de Porgy and Bess pone algo de contraste, color y matiz en la mañana, pero la fiesta sigue ausente. Es como si nos hubieran soltado una ceremonia religiosa antes de servirnos el banquete, de repente animado por el sonido dixieland de That's a plenty de Bert Williams, que conecta con el ritmo de petenera del America de West Side Story, curiosamente emparedada entre un María cuyo tono intimista se superpone incluso a la sonoridad alta de los metales y la melancolía de un Somewhere que parece irreal de tan lírico. Por un momento es como si el latón se hubiera hecho cuerda. Pero entonces irrumpe el mundo de las big bands, el Royal Brass Quintet se hace swing y el público no puede evitar llevar el ritmo con el cuello o taconear en el aire (o en el parquet, ¡mejor no!). Todos parecen finalmente contentos, y muchos hasta se atreven a jalear con olés a Paquito, el chocolatero de la propina.

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