Crítica de Cine

Desbordamiento pictórico

Desde El loco del pelo rojo (1956), el biopic hollywoodiense dirigido por Minnelli y protagonizado por Kirk Douglas, Vincent van Gogh ha mantenido una continuada relación con el cine de ficción que pasa por títulos como Vincent y Théo (1990), de Altman, la ascética Van Gogh (1991), de Pialat, o ese estupendo episodio de Los sueños (1990), de Kurosawa, en el que, con sus pinturas como fondo digitalizado, Martin Scorsese hacía las veces del malogrado artista de barba pelirroja y caballete en ristre caminando entre los campos de girasoles.

Esta coproducción anglopolaca, concebida y dirigida por Dorota Kobiela y Hugh Welchman, se suma a la filmografía vangoghiana con un enorme reto técnico y estético, a saber, traduciendo el estilo pictórico del holandés, su trazo, sus colores y sus propios cuadros a una peculiar y vibrante forma animada que, partiendo de filmaciones de imagen real (y con conocidos intérpretes como Saoirse Ronan), ha tenido a decenas de artesanos pintores e ilustradores trabajando en la superficie y las texturas de cerca de 60.000 imágenes al óleo durante meses y meses de posproducción y acabado.

Con un resultado tan deslumbrante como algo molesto para la visión, Loving Vincent no se muestra ya tan singular en su apartado dramático. Y es que su argumento se desarrolla como una rutinaria pesquisa detectivesca en la que el personaje (real) de Armand Roullin viaja a Auvers y otros lugares de la vida del pintor intentando esclarecer las circunstancias y razones de su muerte para dejarnos el enésimo retrato wikipédico sobre su genialidad, las circunstancias miserables de su vida, su nulo reconocimiento en vida, la relación con su hermano y otros conocidos pasajes de su trayectoria.

Con una estructura narrativa elemental trufada de flash-backs (en un didáctico blanco y negro que, en las mejores ocasiones, tiene algunas reminiscencias dreyerianas), Loving Vincent entra y sale así de la biografía y últimos días de Van Gogh dejando al personaje central como un enigma del que los demás, su hermano Théo, el doctor Gachet y su hija, Pere Tanguy, Paul Gauguin o los lugareños anónimos que lo trataron, van reconstruyendo su perfil incompleto y contradictorio.

Ni la música de Clint Mansell ni los momentáneos destellos de belleza de las imágenes consiguen sacarnos de una cansina investigación plagada de lugares comunes y obviedades gráficas.

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