Diplomacia ganadera o el arte de callar

  • Tres toros de distinta condición pero notable interés en la corrida de Palha jugada ayer · Los ganaderos suelen templar por costumbre su juicio y prevalece el de los toreros

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EN público, y cuando se recaba su opinión, los ganaderos suelen ser gente reservada, comedida y prudente. ¿Diplomáticos? Podría decirse que sí. Pero se trata de un sentimiento que trasciende de la mera diplomacia. Más que diplomáticos, gente respetuosa. Sobre todo, el ganadero de cuna.

Lo que hacen esos ganaderos es medir por norma las palabras con una última y primera intención: la de no herir la sensibilidad de los toreros que se ponen delante. Delante de los toros de ganaderos de cuerpo diplomático. Los toreros son gente muy susceptible, digamos.

Saber escuchar es fundamental si se tiene la intención de aprender. De lo que sea: de toros sin ir más lejos. Si no se escucha, no se aprende. Pero el sabio lo es, sabio, porque sabe entre otras cosas callarse. Dentro de ese género se encaja la especie del ganadero que rumia sus propias palabras y las mide antes de tener que tragárselas si llega el caso.

Hay una especie de código ganadero que podría dividirse en dos partes: la primera, que es la verdaderamente clave, se refiere a las normas de cría, selección, manejo y trato. Trato del animal y trato de los tratantes. Porque cualquier ganadero sabe que los tratantes han tenido una influencia decisiva en la historia de los toros y del toreo. Se entiende el término de tratantes en su más amplia y noble acepción. Para nada despectiva. No pocos ganaderos, de los buenos y de los mejores, proceden del mundo del trato de ganado. Del mercado.

La otra parte del código ganadero es pura y simplemente deontología profesional. Ética. Por ética se callan los ganaderos. Diréis que siempre ha sido así. Pero no ha sido así siempre. Hay ganaderos que prefieren reservarse la opinión o disimularla y hasta camuflarla. Son la inmensa mayoría. En privado descargan la conciencia y sus razones.

El sueño de un aficionado bueno es oír contar a un ganadero su verdad sobre una corrida. Un toro se puede ver desde tres distintos puntos de vista: el del torero, el del público y el del ganadero. No suelen coincidir. Y si coinciden, el acuerdo se sustenta sobre razones diferentes. Normal. El público de toros no se distingue por su espíritu diplomático, ni reservado ni comedido precisamente. Los toreros barren para casa cuando toca hablar del toro que les toca. Barrer para casa es tanto como decir que el torero ve en el toro problemas, vicios y defectos que el ganadero no suele ver. Pero el ganadero suele callar. Al callar otorga. Los toros no hablan. Y, una vez arrastrados, menos.

Un muy ingenioso crítico taurino de Pamplona, de nombre Carlos Polite, se ha atrevido en más de una ocasión a contar una corrida desde el punto de vista del toro. Como si cada toro de una corrida contara en primera persona lo que de verdad había pasado. Excelente experimento en crónicas sanfermineras de lujo. Muy entretenidas. Si un toro de los de Pamplona decide contar su vida ¿quién se resiste?

Hay un desajuste ahora mismo más flagrante que nunca: se prima de manera apabullante la opinión de los toreros sobre y no pocas veces contra los toros. O sea, sobre sus defectos. Y no trasciende apenas, o sólo lo mínimo, el punto de vista del ganadero. Joao Palha es, dentro de su gremio, una excepción notable: es hombre muy locuaz y no suele esconderse ni andarse con paños calientes cuando llega la hora de juzgar. Sería de interés especial conocer su opinión sobre toros como el primero, el cuarto o el quinto de los seis jugados ayer en Sevilla. ¡Tan distintos los tres!

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