El Drácula más clásico en el teatro

CIraya Producciones. Basada en la obra de Bram Stoker. Adaptación: Hamilton Deane. Dirección: Eduardo Bazo y Jorge de Juan. Intérpretes: Emilio Gutiérrez Caba, Ramón Langa, Amparo Climent, María Ruiz, César Sánchez, Mario Zorrilla y Martiño Rivas. Escenografía: Carmen Castañón. Iluminación: Gustavo Pérez Cruz. Vestuario: Yiyi Gutz. Sonido: Raúl Bustillo. Lugar: Teatro Lope de Vega. Fecha: Jueves, 22 de septiembre. Aforo: Completo.

Dicen que la fortuna sonríe a los audaces. Aunque Eduardo Bazo y Jorge de Juan me parecen más osados que audaces.

LLevar a escena un personaje tan conocidísimo, una figura mítica del cine que ha evolucionado desde los vampiros góticos de la Hammer hasta los niñatos calienta-bragas de Crepúsculo pasando por las inmejorables versiones de Coppola o la sugerente visión sueca de Déjame entrar, llevar al escenario al mísmisimo Conde Drácula para contarnos exactamente lo mismo que ya sabemos es de un atrevimiento que bien merece un primer aplauso.

Si a la feliz idea le sumamos un cabeza de cartel como Emilio Gutiérrez Caba, uno de los mejores actores de la actualidad, y lo acompañamos de Ramón Langa, la voz, seguimos por buen camino. En el caso de resto del elenco, todos con más o menos acierto dibujan sin problemas sus personajes.

Sorprende muy positivamente el hermoso y grandioso escenario que nos recibe al entrar en la sala. Obra de Carmen Castañón que se ve reforzado por la iluminación de Gustavo Pérez. Los matices de sonido, esos que intentan llamar al miedo de los espectadores, están a cargo de Raúl Bustillo.

Desgraciadamente aquí terminan las bondades de este Drácula que desde el principio se mueve en esa delgada línea que separa la tragedia de la comedia.

Si sus directores pretenden dar miedo con esta versión del vampiro más famoso de la historia no lo consiguen en ningún momento. Muy al contrario, algunas de las réplicas de Ramón Langa (Conde Drácula) despiertan sonrisas entre un público que se sabe de memoria la historia y que adivina lo que va a ocurrir.

La obra se hace excesivamente larga. Los actores la mantienen en alto pero le sobran veinte minutos y los efectos especiales parecen más homenajes que una fórmula para asustar al personal.

Lo dicho, como osadía un triunfo, como pieza teatral un barco que no llega a buen puerto.

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