Crítica de Cine

Elogio del buen indio

A pesar de sus buenísimas intenciones didácticas y de su supuesta fidelidad al personaje y los hechos reales, Mi nombre es Te Ata no sólo no pasa de ser un anodino y plano biopic completamente pasado de moda en sus aseadas formas academicistas, sino que termina incluso haciéndole un flaco favor a la causa india en su anestésico formato que simplifica todo conflicto histórico y político para terminar ofreciendo la imagen del indio ejemplar bajo una mirada condescendiente e integrada.

La historia "real" nos habla de Te Ata Fisher (1895-1995), la "portadora de la mañana", como una mujer de la Nación Chickasaw (Oklahoma), hija de padre indio y madre blanca, que emprendió desde temprana edad una labor pedagógica de la cultura, el folclore y la historia de los suyos a través de un espectáculo itinerante de relatos y canciones que llegó incluso a la Casa Blanca bajo mandato de Roosevelt.

La película de Frankowski condensa todo este periplo entre estampas líricas, narrativa de telenovela, diálogos explicativos y situaciones dramáticas familiares más bien tibias en las que Q'orianka Kilcher (la Pocahontas de El Nuevo Mundo de Malick) pone la candidez y el entusiasmo justos para que su empeño personal no moleste ni a unos ni a otros. Que la historia se cierre justo en los años treinta, antes de la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias de la segregación india en las reservas, dice mucho de la escasa condición crítica y reivindicativa de una cinta que prefiere el folclore, los mitos y los cuentos para calmar o negar la realidad del auténtico genocidio indio bajo los pilares fundacionales de la gran nación norteamericana.

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