Crítica de Cine

Emocionante evocación del universo de Julian Barnes

Charlotte Rampling y Jim Broadbent, en una escena de 'El sentido de un final'. Charlotte Rampling y Jim Broadbent, en una escena de 'El sentido de un final'.

Charlotte Rampling y Jim Broadbent, en una escena de 'El sentido de un final'.

Como a Julian Barnes le gusta tanto el cine y ha sido crítico, es tentador pensar en su novela El sentido de un final como un juego con Jules y Jim de Henri-Pierre Roché que tan maravillosamente filmó Truffaut. ¿Qué pasaría si muchos años después de la relación triangular, siendo Jules un acomodado y solitario anciano, recibiera el diario de Jim? Porque en su novela Barnes, que tanto gusta de hilar realidad histórica y ficción (recuerden, entre otras, El loro de Flaubert, Arthur & George o El ruido del tiempo, por las que desfilan el loro que aparecía en Un corazón sencillo de Flaubert, Conan Doyle o Shostakovich), presenta a un trío -Adrian, Verónica y Tony- cuyas andanzas reviven en la ancianidad de Tony cuando este recibe una rara herencia que hace aflorar sucesos hace mucho tiempo ocurridos pero nunca olvidados.

No deja de ser estimulante, metidos en juegos metaliterarios, que al Julian Barnes que en Arthur & George convirtió a Conan Doyle en el esforzado defensor de un anglo-indio injustamente acusado le haya hecho justicia con esta excelente conversión en cine de su novela el director indio Ritesh Batra. Cosas de la vida. Al igual que el taiwanés Ang Lee hizo una de las mejores -por más fieles al espíritu hiperbritánico de la autora- recreaciones del universo de Jane Austen con su Sentido y sensibilidad, Batra ha realizado con esta adaptación de la novela de Barnes una de las películas más hondamente inglesas -como en el caso de Lee por fidelidad al muy inglés espíritu del autor- que hayamos visto en mucho tiempo. Qué sea en cine y literatura lo inglés lo sabemos todos sin necesidad de incurrir en tópicos.

Batra ha realizado una de las películas más hondamente inglesas vistas en mucho tiempo

Dureza tamizada por la contención, dramas íntimos velados por el pudor, experiencias traumáticas reelaboradas por la memoria o la mentira como recurso de supervivencia -la forma en que cada cual se cuenta su vida a sí mismo- son las claves de este melodrama con forma de relato de intriga emocional que gira en torno a dos búsquedas relacionadas con el pasado. A uno, que ya tiene la edad suficiente para ello, las escenas de los ancianos -y espléndidos- Jim Broadbent y Charlotte Rampling (una actriz que ha mejorado con el paso de los años hasta hacer olvidar a la intérprete de las lamentables La caída de los dioses, Portero de noche o Max mi amor) enfrentados, evocando traumas antiguos que aparecen en flashbacks muy bien insertados, le ha recordado a Michael Redgrave sentado frente a Julie Christie en El mensajero evocando también antiguas heridas que han dejado cicatrices emocionales.

Que a Batra le interesa la capacidad del autoengaño o de la fantasía como medios de supervivencia lo demostró en su premiada The Lunchbox, la película que le abrió las puertas del cine internacional vía Cannes. También demostró con la siguiente Nosotros en la noche -su salto fuera de la India, con Redford y Fonda otra vez unidos- su interés por los dramas protagonizados por quienes emprenden el último tramo de sus vidas. Es lógico que esta gran y no muy extensa novela de Barnes, en la que los dos temas se unen, le haya atraído haciendo posible la que hasta ahora es su mejor película.

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