Empalagosa retórica 'pos-hippy'

Leo Penn (1921-1998) fue un actor y realizador de televisión (77 Sunset Strip, Dr. Kildare, Viaje al fondo del mar, Star Trek, Kojak, La casa de la pradera y así hasta unos 400 episodios) que figuró en la lista negra durante la caza de brujas de MacCarthy. Se casó con la secundaria televisiva Eileen Ryan. Pese al éxito de su carrera televisiva siempre pesó en el ambiente familiar la idea de que su carrera cinematográfica (que inició en 1945 como secundario en Los mejores años de nuestra vida de Wyler) quedó truncada por su inclusión en la lista negra. Los tres hijos de Leo y Eileen demostraron talento artístico: Chris fue uno de los chicos revelación de La ley de calle de Coppola y uno de los actores más prometedores de los 80; Michael se convirtió en un cantautor de éxito que compuso las primeras bandas sonoras de Paul Thomas Anderson; y Sean alcanzó el éxito como actor, productor y realizador. Sea por herencia o por el signo de los tiempos, Chris tuvo un destino trágico -tras tener graves problemas con las drogas falleció a los 40 años- y Sean se hizo famoso por su violencia y escándalos antes que como actor. Una marca de rebeldía y amargura permanece en el rostro y en la filmografía de este actor y realizador que, gracias a su gran talento, logró ganarse el respeto como actor a partir de Colors (Dennis Hooper, 1988), Corazones de hierro (De Palma, 1989) y, sobre todo, Pena de muerte (Robbins, 1995: su primera nominación al Oscar) y La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998). Desde entonces es una de las referencias del mejor cine norteamericano en sus actuaciones a las órdenes de Allen (Acordes y desacuerdos, 1999) o Eastwood (Mystic River, 2003). Como realizador debutó con buen pie en 1991 con la dura The indian runner (1991) y confirmó su talento con Cruzando la oscuridad (1995) y El juramento (2001).

Desgraciadamente Hacia rutas salvajes, sin carecer de méritos, no añadirá gloria a su filmografía como director. Tal vez en la biografía y la personalidad de Penn, por eso aquí esbozada, se puedan encontrar claves que permitan comprender la fascinación del actor y realizador por la figura del frustrado aventurero Christopher McCandless, a su vez fascinado por las obras de Tolstoi, Jack London y Melville: un joven de buena posición que siguiendo el espíritu del primero renunció a sus bienes y siguiendo el del segundo obedeció la llamada del gran norte y, tras vagabundear a través de los Estados Unidos, se fue a vivir a Alaska como un hombre primitivo para acabar, como el capitán Akab de Melville, aniquilado por su obsesión.

Su aventura -todo héroe exige un destino trágico y todo Aquiles necesita un Homero- no hubiera pasado de una ingenua y fracasada rebelión pos-hippy si no fuera por la sensación que causó el descubrimiento de su cadáver (murió a los 24 años perdido en Alaska) y el éxito del libro que John Krakauer escribió sobre él.

En este caso la tragedia es de modestas proporciones y el héroe en realidad no lo es; pero no hay que buscar en ello la causa del mediocre resultado de la película, sino en los errores de dirección. Puede ser lógico que Penn sintiera atracción por este personaje. Pero debió moderar su entusiasmo al rodar su aventura, porque el entusiasmo se traduce en un estilo pesante, enfático, engolado y retórico que entra en enojosa contradicción -desde el arranque sobrado de helicóptero hasta el final sobrado de montaje/pulsación- con la búsqueda de la simplicidad natural de que trata la historia.

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