Épica del desamor

Épica cotidiana del desamor. Dos hermanos que de niños no fueron bien queridos (el padre era distante hasta el extremo del maltrato, la madre los abandonó), y que se han convertido en dos adultos que no se quieren (apenas se relacionan) y no saben querer (sus vidas sentimentales están marcadas por la desidia emocional que rehúye todo compromiso), se ven forzados a hacerse cargo de su anciano padre que ha iniciado el descenso a la demencia. Tamara Jenkins cuenta esta historia desoladora con sentido de la ironía y sin sentido de la compasión. Lo primero dota a la película de un humor agrio y lo segundo de tristeza. Hay a quien a esto le llama sinceridad. Tiene razón si lo hace en oposición a tantas películas blandengues y mentirosas que presentan con amabilidad los estragos de la vejez y hasta la convierten en ocasión redentora para el reencuentro entre padres e hijos o entre hermanos. Pero no la tiene si la referencia es la realidad. Afortunadamente no todos los padres tratan mal a sus hijos o los abandonan, no todos los hermanos se ignoran y no todos los hijos soportan a duras penas a sus padres. Tamara Jenkins cuenta un caso, que tiene la peculiaridad de las circunstancias y decisiones que han hecho las vidas y caracteres de sus personajes, pero no establece una tesis. O no debería hacerlo.

Que los hermanos tengan ambiciones artísticas y académicas no satisfechas delimita bien el territorio: estamos en los ámbitos del narcisismo, el egotismo, la permanente insatisfacción, la pedantería y el complejo de quienes creen que la vida no ha hecho justicia a su talento. La insistencia de Tamara Jenkins -interesante actriz, guionista y realizadora- en la desolada representación de familias desoladas parecería indicar una trauma originario que exploró en la a medias autobiográfica Slums of Beverly Hills (1998), inspirándose en la famosa frase de Ana Karenina: "Las familias felices son todas iguales; las familias infelices lo son cada una a su manera". El desprecio intelectual por la felicidad, ya se sabe.

Quienes confunden pesimismo con realismo, feísmo con sinceridad y pesimismo con inteligencia aplaudirán esta película como una obra sincera y valiente que refleja la triste realidad. Quienes van al cine para engañarse coloreando la vida le reprocharán su descarnado humor y su pesimismo. Quienes se sientan ante la pantalla sin prejuicios (mejor dicho: con los prejuicios que todos tenemos bien identificados, fichados y controlados) apreciarán su áspera inteligencia, su descarnada voluntad por presentar lo peor (no lo más común) y más mediocre de la naturaleza humana, su hiriente sentido del humor, su agobiante forma de invocar la ternura inteligentemente provocada por su casi total ausencia, la perfección de los diálogos de su sólido guión y, sobre todo, las excepcionales interpretaciones de Philip Seymour Hoffman, Laura Linney y Philip Bosco. Y le reprocharán dos cosas: gratuitas incursiones en un feísmo que delata en la realizadora carencias afectivas muy parecidas a las que afectan a sus personajes y una sospechosa retórica de la antirretórica que exagera las marcas realistas de la imagen.

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