Escenas de la vida ociosa en el país arruinado

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Dirección: Miguel del Arco. Producción: Teatro de La Abadía en coproducción con Kamikaze Producciones. Escenografía: Eduardo Moreno. Iluminación: Juanjo Llorens. Música original: Arnau Vilà. Vestuario: Ana López. Intérpretes: Bárbara Lennie, Israel Elejalde, Miriam Montilla, Raúl Prieto, Francesco Carril, Lidia Otón, Manuela Paso, Elisabet Gelabert, Cristóbal Suárez, Chema Muñoz, Ernesto Arias. Lugar: Teatro Central. Fecha: Sábado 17 de diciembre. Aforo: Casi lleno.

Miguel del Arco vuelve aquí, como hizo con Pirandello en la exitosa La función por hacer, a invocar a la autoridad cultural y teatral para en cierta medida borrarla. Así, es ahora un extraño convidado de piedra el Máximo Gorki de Veraneantes, y no sólo porque la revolución sea ya un término hueco o no sirva comparar la Rusia del crepúsculo zarista con la España del cinismo y el pelotazo, sino porque ya no quedan proletarios entre el público a los que enfervorizar ni, sobre todo, intelectuales o burgueses a los que molestar al plantarles el espejo enfrente.

Para disfrutar, y hay muchos motivos para hacerlo, del Veraneantes de del Arco hay que subirse un poco a su lomo de demiurgo y entomólogo, no prestarle demasiada atención al débil aparato ideológico que lo sustenta y aceptar su envite satírico y tragicómico. Hay aquí una extraña e inesperada sutilidad, fruto de un empecinado trabajo en la dirección de actores y del delicado quehacer de éstos, que hace que la pieza valga su peso en oro, es decir, que de la reunión de reconocibles arquetipos (el político corrupto, el empresario inescrupuloso, el escritor de bestsellers...) surjan hombres y mujeres complejos y opacos.

El público, inteligentemente convertido en un mirón de verano que rodea el escenario y obtiene así el obsequio de nuevas perspectivas sobre el trabajo de los actores, disfruta del alarde de unos intérpretes que a partir de un económico uso de la escenografía y la iluminación pasan un estío de previsibles catarsis. Si, como otros han apuntado, hay aquí más Ibsen -Lennie como una Nora en el umbral del sí y el no- y Chéjov que Gorki, es indudable que del Arco también sabe de las "reglas del juego" de Renoir, y de ese cine que, en paralelo a Bergman, algunos como Denys Arcand hicieron para exorcizar lo peor de nosotros.

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