Espartinas se gusta en su despedida como novillero

  • El diestro espartinero consigue el único trofeo de la tarde en una bella faena al cuarto, un novillo con mucha clase de Herederos de Cebada Gago

Agustín de Espartinas, que el próximo jueves toma la alternativa en su pueblo de manos de Espartaco, fue el diestro más destacado de la novillada celebrada ayer en la Maestranza. Un festejo en el que se lidiaron cuatro novillos de la divisa titular, Herederos de Salvador Guardiola, y dos de Conde de la Maza -primero y quinto-. Encierro en el que sobresalió por su buen juego el cuarto, un novillo nobilísimo y con mucha clase.

Agustín de Espartinas, muy dispuesto toda la tarde, un punto nervioso en algunos momentos, recibió al precioso guardiola, de bella estampa, calcetero, lucero y bragado, con una larga cambiada de rodillas a portagayola y otra en los tercios. Lanceó con buen aire, a pies juntos. El espartinero supo dosificar al nobilísimo, pero flojísimo animal, que hacía surcos en el albero cuando se le llevaba toreado. Abrió faena en los medios, dando distancia. Fueron tres series con la diestra que crecieron en intensidad y calidad, con el público entregado. La banda de Tejera amenizó esa tercera tanda, en la que el torero, más relajado, se gustó en muletazos muy estéticos y de gran expresión. Cuando tomó la muleta en la izquierda hubo un desarme y la banda dejó de tocar. Por ese pitón, las series resultaron desiguales, con algunos muletazos mandones, largos y de buen trazo. El epílogo de la faena fue muy torero, con unos macizos muletazos por alto y bellos remates. Tras una contundente estocada volaron los pañuelos y... oreja, único trofeo de la tarde.

El resto del espectáculo tuvo escaso brillo. Agustín de Espartinas derrochó valor en el que abrió plaza con otras dos largas cambiadas -la primera a portagayola- y unas templadas verónicas. Con la franela estuvo voluntarioso y porfión con un animal al que le costaba un mundo embestir y que se revolvía por el pitón izquierdo y topaba por el derecho.

El sevillano Fernando del Toro, todavía poco placeado, tuvo una dura papeleta con un lote complicado. Se justificó ante el peligroso segundo, un novillo mirón, al que aguantó varias coladas. En la suerte suprema pasó las de Caín, escuchando dos avisos. Con el quinto, con dificultades, intentó justificarse.

El castellonense Abel Valls se las vio con un lote deslucido. Su excesiva estatura parece un inconveniente para armonizar y componer la figura. Quedó casi inédito y sería conveniente verlo ante otro tipo de ganado. El tercero, al que recibió a portagayola y cuidó en varas, quedó aplomadísimo y la labor, en la que fue enganchado sin consecuencias, careció de brillo. Con el complicado sexto, a menos y con peligro, volvió a justificarse, siendo volteado feamente, dentro de una faena encimista, en la que sacó algún muletazo aislado de calidad.

El espectáculo, salvo los citados brillantes pasajes de su ecuador, resultó casi plano.

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