Crítica de música

Estética y poética en torno al piano

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Yuja Wang. Programa: Sonata nº 3 en La menor op. 28, de S. Prokofiev; Sonata nº 3 en Si menor op. 58, Nocturno nº 1 en Do menor op. 48 y Balada nº 3 en La bemol mayor op. 47, de F. Chopin; Variaciones para piano op. 41, de N. Kapustin; Tres movimientos de 'Petrouchka', de I. Stravinsky. Piano: Yuja Wang. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Martes, 13 de mayo. Aforo: Casi lleno.

La industria musical, diezmada por una crisis de ventas en buena parte provocada y sostenida por su propia política comercial, lleva ya algunos años apostando por una respuesta consistente en vender más que música (clásica en este caso) y más que un intérprete. Ahora se vende una imagen, un producto estéticamente bien acabado en lo exterior y con una mayor incidencia en aspectos extramusicales como la imagen del intérprete, el peinado, su vestuario, sus gestos más o menos desenvueltos o rompedores, la juventud exultante e irreverente de portentos de la mecánica interpretativa, dejando en un plano muy lejano la profunda capacidad de emocionar mediante la música. Asombro frente a emoción. Significante vacío de significado autónomo.

Son ya varios los casos de músicos orientales que han sido lanzados en los últimos años mediante la catapulta del márketin y Yuja Wang es el último juguetito de la más importante multinacional discográfica, vendido con todo despliegue de glamour. Resulta indudable que la china es un portento de la naturaleza en materia de mecánica de la pulsación y de la digitación, pudiendo aspirar al título mundial de notas por segundo. Notas, además, dadas con toda precisión y sin desmayo a lo largo de un recital generoso en propinas (insustanciales cuando no verdaderos atentados musicales, propias para estómagos poco exigentes en materia artística). Evidentemente, buena parte del programa está diseñado para sacar el máximo partido a esa capacidad física y así ocurrió con las piezas de Prokofiev y, sobre todo, con las de Stravinsky, en las que Wang supo sacar partido al perfil más percutivo del piano, con amplia riqueza de ataques y de dinámicas y un apropiado aire de primitivismo.

El reto para un intérprete, sin embargo, está en trascender la dimensión corporal para alcanzar la expresión de la emoción y ser así un auténtico artista y aquí es donde cabe situar los reproches. Salvo en el nocturno, fraseado con gran delicadeza y sentido de la intensidad poética, y salvo el Largo de la sonata, sostenido con maravillosa musicalidad, al Chopin de Wang le faltó sentido poético, una mayor instrospección en el sentido expresivo de las frases para jugar con los acentos y el rubato y así elevarse hasta la más excelsa sustancia romántica, que es la del sentimiento puro hecho sonido.

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