Literatura

Fernando Ortiz, el mejor poeta sordo de su calle

  • Javier Salvago resalta la maestría del autor sevillano con motivo del homenaje que el Centro Andaluz de las Letras le dedica hoy, a las 20:00, en la Biblioteca Infanta Elena

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Muchas veces lo he oído proclamarse, con su habitual socarronería, como el mejor poeta sordo de su calle. Pero doy fe de que de sordo, nada; tiene un oído poético agudísimo -que ese es el oído que importa, tratándose de un poeta-, aunque para escuchar los ruidos y las majaderías de la vida diaria use audífono.

Fernando Ortiz es uno de los poetas andaluces más importantes de este y de cualquier tiempo. Su sitio -gracias a una espléndida obra poética, como la que se recoge en su volumen de poesías completas Vieja amiga, editado por Almuzara- está entre los Machado, Bécquer, Cernuda, y todos esos inmensos poetas a los que nuestro poeta venera y ha venerado siempre como maestros.

Sé que a él le parecerá excesiva esta afirmación. Soy testigo del profundo respeto que siente por estos y por otros grandes poetas, que para él juegan sin duda en otra división. Pero yo creo que la división es la misma, la primera, que es donde juegan los poetas auténticos que son reflejo del tiempo que les tocó vivir y que aportan algo nuevo y personal a la tradición poética. Y Fernando es de estos.

Yo les invito a leer el citado volumen de poesías completas de Fernando. Lo primero que tendrán que admitir es la solidez de la obra que ahí se encierra, el conocimiento del oficio, el dominio de las formas y de la métrica, el cuidado exquisito de la prosodia, la impecable realización de cada poema: ni una sílaba de más, ni un acento mal colocado, ni una palabra que sobre o que no sea la justa.

Lo segundo atañe al fondo, y ahí tendrán que reconocer la autenticidad del testimonio, la valentía, la inteligencia, el sentido común... Fernando sabe que la poesía es diálogo sincero con uno mismo para conocerse mejor y conocer mejor la vida y el mundo, y sabe que no puede mentir, ni siquiera poéticamente, porque mentir, exagerar, dar informes falsos, sería engañarse a sí mismo y traicionar a la poesía. Y Fernando ama demasiado la poesía para traicionarla.

No creo que existan ni hayan existido muchos poetas con más vocación que Fernando Ortiz. Desde que descubriera, de niño, en la biblioteca familiar, las Rimas de Bécquer y otros libros que le señalaron su destino de poeta, no tuvo duda de cuál era el sentido más claro de su vida. Los estudios y el trabajo lo llevaron a Madrid, en su juventud, pero no descansó hasta conseguir que sus superiores lo trasladaran a Sevilla, aunque para ello tuvieran que inventarse un puesto que no existía. Fernando necesitaba vivir en Sevilla porque pensaba que sólo aquí encontraría su centro y un trabajo que no le agobiase demasiado y le permitiera dedicarse a su verdadera vocación. De quedarse en Madrid, probablemente hubiese hecho carrera en TVE y hubiese tenido un sueldo millonario. Pero, como dijo Jesús de Nazaret, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo si pierde su alma? Fernando tenía claro que su alma era la poesía y se dedicó con pasión casi exclusiva a ella.

En Sevilla, su poesía se fue desnudando de artificios y modernidades y haciéndose más directa. Acabó de quitarse la máscara en Personae y se enfrentó a cara descubierta a la Vieja amiga. Ahí nos encontramos ya con el mejor y el más personal Fernando Ortiz, el que sabe que la juventud pasó, y eso que tienes / es lo que llaman madurez los necios.

A partir de Vieja amiga, cada nuevo libro de Fernando Ortiz supone un paso no hacia delante ni hacia arriba, sino hacia dentro, hacia su fondo -como quería Juan Ramón, más hondo, la depuración constante de lo mismo- hasta llegar a las terribles profundidades de esa colección de durísimos poemas de Recado de escribir, donde el ajuste de cuentas del poeta con el hombre es descarnado.

Fernando entra en él mismo, como se aconseja en el último verso del poema Tarde de primavera, y las imágenes que ve son terribles: la muerta no abrió a tiempo las piernas / y eyaculé fuera... dos hombres fornicaban en la taza del váter... y la mujer desnuda y muerta era mi madre... Versos durísimos con los que Fernando demuestra que la poesía no es un juego de pusilánimes, que exige valentía, verdad y libertad interior:

Nos exige, en principio, libertad interior

-y esto es sentirse ajeno y excluido,

primero ante uno mismo, también ante los otros-.

En él no existe el triunfo, ni la gloria, ni tan siquiera la literatura,

y lo que los demás toman por éxito suele ser el fracaso.

El precio de este oficio es malvivir;

ya que, quien lo ejercita,

coloca su interés en valores de muy rara demanda…

Fernando Ortiz, el mejor poeta sordo de su calle, que no es sordo para la poesía, aunque para los ruidos y las majaderías de la vida diaria use audífono, es un poeta auténtico, de verdad, que ha apostado lo mejor de sí mismo a la poesía, esperando tal vez que la poesía le descubriera y le devolviera su mejor yo. Y su mejor yo está sin duda en su poesía.

Cuando terminen de leer Vieja amiga, el volumen de Almuzara que recoge la poesía casi completa de Fernando Ortiz, déjenlo en la estantería junto a los libros de Bécquer, Manuel y Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda..., y pregúntense si desmerece. Yo estoy convencido de que no.

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