Crítica de Cine

Filmar la fe, recuperar a la familia

Fotograma del documental dirigido por David Arratibel. Fotograma del documental dirigido por David Arratibel.

Fotograma del documental dirigido por David Arratibel. / d.s.

¿Se puede filmar la fe? ¿Puede el cine reestablecer puentes y restituir heridas íntimas en el seno de una familia? ¿Se puede hablar de ambas cosas en una forma equilibrada, precisa y respetuosa con el otro? Estas son algunas de las preguntas que quiere plantear y responder el segundo documental del navarro David Arratibel (Oírse), que llega a las carteleras después de un exitoso recorrido por festivales con gran reconocimiento crítico.

Su propuesta conjuga dos viejas tradiciones del cine documental, alguna con cierto peso en la historia del cine español (pienso en El desencanto, no casualmente citada aquí por la madre): por un lado, la indagación en los fantasmas familiares como suerte de terapia psicoanalítica de expiación y reconciliación; por otro, la compleja tarea de visualizar, a través únicamente de los testimonios y la palabra, ese gran e intangible misterio de la conversión (tardía) a la fe católica, derribando los apriorismos y prejuicios que una mirada agnóstica puedan tener sobre la materia.

Arratibel no necesita ir demasiado lejos, por tanto, para su búsqueda: sus dos hermanas Paula y María, su cuñado Raúl, organista, y su propia madre Pilar son confrontados a la cámara y a sus preguntas (dialogantes, serenas, empáticas, nunca inquisitivas) en el hogar, durante un trayecto en coche o tras un ensayo en la iglesia, y es su palabra, su relato asombrosamente rico, expresivo, frondoso y, por momentos, emocionado, el que abre este documental a un insospechado camino de revelación y verdad para el espectador y, suponemos, de reconciliación del propio Arratibel para con los suyos.

Las barreras, los silencios, la incomprensión y las distancias caen aquí de manera natural, derribadas por el peso y el poder del verbo, el gesto liberado y la complicidad, por el propio acto de la observación y la escucha que el cineasta formaliza sin apenas interferencias del dispositivo, con una pasmosa revelación de unos procesos íntimos que se convierten aquí en una más que palpable realidad espiritual encarnada en la imagen.

Llegados a ese punto, tal vez la puesta en escena final de esa nueva armonía familiar a través del canto gregoriano sea un gesto levemente redundante sobre un proceso de apertura y expansión que ya hemos ido visto construirse poco a poco a lo largo del filme. Un gesto narrativo hermoso y conclusivo en todo caso.

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