Crítica de Cine

Gigantismo sin alma

Algunos elementos atractivos a priori en esta Handia de Jon Garaño (Loreak) y Aitor Arregi que viene de ganar premios en el pasado Festival de San Sebastián. Se recupera aquí el pasado histórico vasco a través del Gigante de Alzo (Miguel Joaquín Eleizegi Arteaga, 1818-1861), un joven campesino guipuzcoano aquejado de acromegalia convertido en una suerte de figura mítica a través de cuyo asendereado periplo como monstruo de feria recorremos un mundo en transformación, desde las Guerras Carlistas de mediados del XIX hasta los primeros atisbos de la revolución industrial y su llegada al Norte de España, desde el ámbito rural, agreste y brumoso en torno al núcleo familiar al nacimiento del show business en las grandes capitales europeas.

Handia funciona como un relato entre la realidad y la leyenda, entre la historia factual y la poesía, en el que el ascenso y caída de un mito viviente y la relación entre dos hermanos sacrificados busca condensar una emoción auténtica que, en ocasiones, tiende a dispersarse entre el preciosismo de la fotografía y el meticuloso cuidado de los detalles de ambientación de época.

La película camina así algo descompensada entre la belleza atemporal de su superficie, el carácter fragmentario y episódico de su narración y la carencia de verdadera intensidad dramática en su acercamiento a unos personajes sufrientes y demasiado autoconscientes marcados por la deformidad, las taras, el sentimiento de culpa, la dependencia mutua y el anclaje a las raíces.

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