Gira, el mundo gira: una parábola del giro

  • Francisco Almengló propone una 'performance' con ecos del cine sobre la falta de sentido y la condición de víctima

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Toda la exposición de este artista gaditano radicado en Sevilla gira en torno de una performance realizada la primavera pasada en el entorno del puente de la Barqueta. Estaba inspirada por la película ýY el mundo marcha; una película del final del cine mudo, donde el realismo de King Vidor, su inventiva visual y la eficacia de la narración servía para describir al ciudadano condicionado y devorado por las circunstancias sociales hasta quedar integrado en la masa anónima de la multitud. De la performance de Almengló queda en la exposición el documento en vídeo, en el que vemos una serie de personas tiradas en la calle y gente pasando a su alrededor. Son víctimas pero no sabemos el motivo de su estado; pudiera ser que estén muertas pero a nadie le parece importar mucho, la gente sigue su camino. La situación no es nueva, es una escena que hemos visto repetida en numerosas películas, pero tampoco encuentra su trascendencia en la originalidad. Otra película, ésta europea de 1970, hacía de la misma situación el eje central de la denuncia política. Eran los años posteriores del mayo francés y en Los caníbales, Liliana Cavani sembraba las calles de Milán de cadáveres, víctimas de un régimen militar que impedía enterrarlos para que sirvieran de escarmiento y aviso ante cualquier oposición al mismo. Al principio sólo Antígona, el nombre no es gratuito, y un extraño personaje que no habla, se arriesgan y acaban convertidos en víctimas pero su ejemplo sirve para empezar a movilizar a los temerosos ciudadanos.

Mucho más cerca de esas referencias cinematográficas, también encontramos un precedente de esta performance. En los inicios de su carrera, Pilar Albarracín realizó una serie de peformances en las que la artista estaba tirada en mitad de las calles de Sevilla en medio de un charco de sangre. Se trataba de provocar la respuesta del ciudadano que se la encontraba en ese estado. Ahora ya no se trata de rebelión o de provocación, sino de reflexión: los participantes en la misma están seleccionados, la mayoría estudiantes de Bellas Artes, y saben que forman parte de la performance. Nada distingue las víctimas de los que las ignoran a su paso. En este momento es importante la localización de la acción, entre la Torre de los Perdigones y la Isla de la Cartuja, la Sevilla antigua y la nueva. En ese corto espacio de tránsito histórico parece que ya somos parte del mundo desarrollado, seguimos nuestro camino al futuro sin futuro y la sucesión de víctimas que encontramos en el recorrido no nos garantiza que un poco más allá no seamos nosotros las próximas víctimas y, en cualquier caso, caídos o todavía en marcha, ya sabemos la consideración que nos espera.

Además del vídeo que documenta la performance, la exposición muestra dos series de fotografías de sendas víctimas que, aunque pueden funcionar por sí solas leyendo las cuatro fotografías de cada una en el sentido de las agujas del reloj, adquieren todo su sentido en el conjunto de la exposición que se plantea y resuelve como si todo fuera una misma obra, una especie de instalación holística donde la suma de las obras son la exposición pero ésta es algo más que la suma de las obras.

Esta impresión queda reforzada por las tres esculturas dedicada cada una a las tres víctimas de la performance. Las esculturas podrían remitir a obras nacidas del maridaje del suprematismo y el constructivismo pero también son artefactos de reproducción de la performance original: un cilindro giratorio contiene nuevas cuatro imágenes de las víctimas, que al girarse por parte del espectador también se reflejan en los espejos situados en la parte baja de las esculturas. La interacción del espectador, un recurso que Almengló ya había ensayado en obras anteriores, su imagen recogida por los espejos que reflejan a las víctimas lo incluye en la exposición, en la performance y en la marcha de un mundo sin sentido.

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