Hacer novillos

Piano: Dorantes. Lugar: Sala Joaquín Turina. Fecha: Jueves, 11 de abril. Aforo: Casi lleno.

La música de Dorantes es buena. Muy buena. Está cargada de buenas vibraciones, de buenas intenciones. Ahora sólo le falta ser mala. Irse de casa, hacer novillos. Pintarle bigotes a la Gioconda. Ayer dio un primer paso en este sentido, al presentarse solo en la sala Joaquín Turina. Así, sin ropaje, sin tanto ropaje, se apreciaron mejor sus composiciones. Y muchos matices que están en las interpretaciones de grupo, sosteniendo en muchos casos la composición, pero que pasan desapercibidos, se vieron en todo su esplendor. Hizo un recorrido por sus tres discos, por toda su obra, con el solo acompañamiento del piano, la megafonía y el público.

Dorantes es un pianista neorromántico, enormemente hábil para el tema melódico sencillo, pegadizo, resultón. La lírica amable, la complicidad y la épica de buen rollo están dominadas. Por eso digo que el camino de progresión es ampliar la paleta emocional, dar espacio a nuevas sensaciones como por ejemplo a la rabia flamenca, al hastío jondo. Incluso al miedo flamenco. El humor. Para eso sólo hay un camino: tocar mal, ser imperfecto, ponerse feo. Romper los límites. O más allá de eso, incluso: destrozar el piano. Salir a la escena con un martillo o, mejor, con un hacha, y destrozar el instrumento en público. Más siglo XX que XIX. Más biblioteca de Sarajevo que salón romántico. Embriagarse de noche, de sombra. Mirarse en lo otro para encontrarse uno mismo. Perder el control. Despojarse, en efecto. Todo esto en el caso de que quiera ser, no ya bueno sino magnífico. Eso sí, no tiene ninguna necesidad de hacerlo: ser bueno es ya mucho, muchísimo. Tal vez demasiado. Lo otro no se lo podemos exigir, pero ¿porqué no soñar?

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