Harland y compañía o el jazz elegante

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Finaliza un año jazzístico que comenzara con el flamante trío de Brad Shepik y terminó anoche en el mismo lugar, la sala Chicarreros, donde todavía parecía resonar esa tormenta llamada Tom Rainey. Pero en esta ocasión no era Rainey, sino un joven y elegante Eric Harland, en cuyas baquetas hasta el hip-hop suena bien -y miren que uno es de oídos duros para todo lo que sea rap o se le parezca-. Creo que a la mente de todos -así nos lo confirmó, por ejemplo, el pianista sevillano Eduardo Camacho, que estaba allí- acudió, durante el arrollador y originalísimo solo de batería, un nombre: John Bonham, el malogrado Bonzo de los Led Zeppelin, aunque fuera únicamente por la contundencia y el uso del bombo a tutiplén, o más bien por la rabia de quienes no pudimos asistir al regreso de la banda de Jimmy Page, el pasado lunes, en Londres... Pero lo de ayer fue distinto, tan distinto, pues Harland nos llevaba de Buddy Rich a Elvin Jones, mostrándose así inclasificable y rebosante de swing, mientras Goldberg, cabalgando sobre el elástico contrabajo, viajaba a la Cuba del son o visitaba al cálido Jobim (Lambada da serpente), versioneaba al más infrecuente Coltrane (Equinox) o brillaba en la intrincada Unstablemates (composición propia que pueden encontrar en el primer y reciente álbum del trío, World), con cuyas variaciones rítmicas, plenas de fino humor y complicidad, comenzamos a saborear al trío.

Sólo se echó en falta a un Mingus que bronqueara debidamente al señor de delante -los que la arman suelen ocupar las primeras filas, no como en los buses de nuestra infancia-, ése que danzaba, aspaventosamente, desviando la atención, mientras los demás nos agarrábamos a nuestras butacas. Y es que era para bailar.

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