Hipnóticas caligrafías hechas de carne y hueso

Brice Leroux es un creador francés que llegó a Bruselas hace 12 años para trabajar con la coreógrafa de Rosas, Anne Teresa De Keersmaeker. Pero cada artista sigue siempre sus propios fantasmas y la tendencia minimalista de Leroux acabó desembocando en la creación de un lenguaje tan hipnótico como milimétricamente perfecto. Empezó declinando las posibilidades del cuerpo y de la ilusión óptica con dos piezas, Gravitations y Quasar (2003 y 2004, respectivamente), antes de llegar a este Quantum-Quintet en el que los protagonistas absolutos son los diez antebrazos de cinco bailarines que, de negro y clavados en fila en un mismo lugar, ejecutan infinitas variaciones sobre 18 movimienos geométricos.

El espectáculo, de 45 minutos de duración, sumerge al público en la oscuridad tras situarlo frente a un espejo. Y es que van a ser sus propios reflejos, su propia fantasía la que lo acompañe mientras el misterioso alfabeto escribe y reescribe quién sabe qué combinaciones secretas.

Un alfabeto que funciona como un auténtico mantra ya que, mientras las vibraciones lo penetran, el espectador se concentra en localizar los antebrazos en los cuerpos -con rostros tenuemente visibles en la primera parte- o encontrar la secuencia que sigue o el orden de las combinaciones para, en una segunda parte más libre y oscura, sencillamente dejarse arrastrar por un movimiento hipnótico que lo lleva desde las partículas elementales del microscopio hasta la conformación de los planetas en el universo. Pura geometría en movimiento o física cuántica. Cada cual con sus sentidos.

Pero como en las danzas hindúes que se bailan tras la cortina, sólo para los dioses, en Quantum hay algo que sólo se intuye y es el estado de gracia física y mental que deben alcanzar los cinco intérpretes al terminar su microscópico y magnético ballet.

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