Leo Nucci. Barítono

"Hoy hace falta más humildad: se piensa mucho en aparecer en el escaparate"

  • El cantante italiano celebra el sábado los 200 años de 'El barbero de Sevilla' con un recital en el Maestranza, el teatro en el que protagonizó la ópera de Rossini en sus representaciones de 1997.

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Es una de las voces más amadas por el público, un intérprete que más allá de sus facultades como cantante busca y consigue la emoción del espectador en sentidas y teatrales interpretaciones, pero Leo Nucci (Castiglione dei Pepoli, Bolonia, 1942) defiende la importancia de la humildad y el amor por el trabajo como actitudes ante su oficio y ante la vida. El Rigoletto por excelencia celebra el sábado en el Maestranza los 200 años de El barbero de Sevilla con un recital en el que estará acompañado por la Italian Opera Chamber Ensemble y en el que abordará piezas de Rossini, Donizetti, Bellini y Verdi. A la relevancia que posee siempre la visita de Nucci hay que sumar un factor afectivo: él fue Fígaro en las representaciones de El barbero en 1997, dentro de la misma producción que se ha visto en estos días.

-Su biografía lleva como título Leo Nucci, un barítono por casualidad. La llegada a la profesión sí puede deberse al azar, pero tantos años de carrera no. ¿Cuál es el secreto de su longevidad vocal?

-Mire, tengo que ser honesto: los secretos no se revelan [ríe]. Creo que es la felicidad de hacer este trabajo, el amor por él. Nací en el campo, en una familia de herreros, y a los nueve años entré en una banda en la que mi padre tocaba también un instrumento. Allí interpetábamos ópera, himnos religiosos, marchas funerarias... La música popular era la ópera, los canzoni, como boleros que en cierto modo tienen algo de ópera dentro. Nunca pensé en triunfar como cantante, y sé que tengo una suerte increíble. Por eso lo hago con gran amor. Estudiando, pero no para ser un intelectual, sino para comprender qué significa cantar. Es difícil explicarlo. Hoy [por ayer] tengo una conferencia importante en Milán y no sé qué voy a decir. Creo que voy a contar lo que la experiencia del trabajo y de la vida me enseñaron. Este oficio es un descubrimiento continuo: uno tiene que entender que el gran artista es el compositor y hacer su trabajo con humildad. Hoy falta un poco de eso. Hoy se piensa en aparecer en el escaparate.

-Y usted no tiene esa visión del oficio, precisamente.

-Me da la impresión de que muchos jóvenes quieren ser célebres, tener plata y un coche a la moda, y eso no concuerda con la música clásica. Yo no soy un hombre que sale en los anuncios, no soy famoso, me conoce la gente que viene al teatro. La fama no es lo importante, sino amar lo que haces. En todas las cosas es necesario el amor; si escribes o eres periodista, también. ¿Cómo vas a escribir un libro, contar una historia, si no amas?

-A usted siempre se le asocia con Rigoletto [al que ha interpretado en más de 500 representaciones], pero debutó con El barbero de Sevilla. ¿Qué papel juega el personaje de Fígaro en su carrera?

-Fígaro, lo he dicho en otras ocasiones, es como el cordón umbilical de mi vida. Nací con él y sigo cantándolo. Mi debut fue el 10 de septiembre de 1967, han pasado 49 años, entonces tenía 25 y hoy tengo 74. No siempre es el mismo Fígaro. El color de tu voz puede cambiar algo, no mucho, le aportas la experiencia... El año pasado volví a Fígaro en una producción en la que también estaba Ruggero Raimondi, y fue bonito porque hicimos juntos el debut en La Scala. En mi caso, El barbero de Sevilla ha sido la puerta de entrada a muchos grandes teatros. Con él empecé en Milán, en Viena... y tengo el orgullo de ser el primer Fígaro que actuó en Sevilla, en la ciudad donde transcurre la historia, la primera vez que se hizo en un gran teatro allí.

-De eso quería hablarle. Regresa al Maestranza con motivo de los 200 años de El barbero. ¿Qué recuerda de la producción que interpretó en 1997 en Sevilla?

-Tengo la grabación y lo recuerdo muy bien. Disfrutamos verdaderamente de los ensayos y de las funciones. Fue mágico. No pude decir que no a volver a Sevilla en el bicentenario de El barbero.

-En el recital interpretará varias piezas de obras de Verdi como I due Foscari o Macbeth. Es un compositor del que siempre ha defendido su humanidad, su emoción.

-A mí me interesa mucho eso, la humanidad. El barbero de Sevilla es un capolavoro, una obra maestra, ¡pero Verdi tiene una humanidad que no termina, que es universal! Es una de las razones por las que un hombre de mi edad, con dos nietas, sigue cantando y haciendo música.

-Ha mostrado antes cierta preocupación por los cantantes jóvenes. Con el ritmo de trabajo actual, ¿cree que podrán llegar a su edad con las mismas condiciones vocales?

-He de decirle que esa pregunta me aterroriza [ríe]. Porque ¿cómo se puede contestar? Vamos a mirar el panorama de la ópera. Todos los que cantan, que son celebridad, tienen 25 cuando no 40 años menos que yo. Y no vamos a dar nombres, pero hay muchos con problemas. Después de Domingo, de Raimondi, de Edita Gruberova, de Nucci... los que vienen tienen menos de 50. Y cancelan funciones porque tienen problemas con la voz.

-Usted, que presume de no haber ido nunca al foniatra, contemplará esta situación con desconcierto.

-¿Sabe qué pasa? Cuando yo empezaba tenías que llevarte un tiempo aprendiendo a vocalizar, empezabas en teatros pequeños... ibas lento. Hoy se empieza en La Scala, y eso es una locura. Yo nunca tomé dos encargos al mismo tiempo. Me organicé para cantar durante un período una ópera, ponerme con otra después... Hay cantantes que hacen una Tosca en Madrid y dos días después están en Viena con otra historia. Yo nunca hice eso. Terminé el 6 de febrero en La Scala y me ofrecieron ir a Hong Kong y hacer tres funciones la semana próxima. Pero yo venía a Sevilla y en 10 días empiezo la nueva producción de Macbeth en Piacenza. De modo que dije que no a la propuesta. El sábado pasado hice un concierto benéfico, pero interpreté más de la mitad del repertorio que tocaremos en Sevilla, con lo que fue como un ensayo. La voz humana es un músculo. Si vas a correr una maratón no puedes pensar en hacer 100 metros en 9 segundos. Es otro mundo. Pienso que he vivido la vida con la cabeza y cantado con el corazón, y hay jóvenes que viven con el corazón y cantan con la cabeza. Demasiado complicado.

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