Judíos errantes

  • La correspondencia entre Stefan Zweig y Joseph Roth muestra los estrechos vínculos entre dos grandes escritores que afrontaron de un modo muy diferente la amenaza del nazismo.

Ser amigo mío es funesto. Correspondencia (1927-1938). Joseph Roth & Stefan Zweig. Trad. Joan Fontcuberta y Eduardo Gil Bera. Acantilado. Barcelona, 2014. 432 páginas. 25 euros.

No podían ser más distintos, pero se admiraban desde antiguo y supieron conservar la amistad, sobre todo epistolar, a distancia, en tiempos difíciles que anunciaban otros peores. Joseph Roth era un bebedor impenitente y llevaba un vida irregular, bohemia o abiertamente menesterosa, pero se comprometió en la denuncia de los crímenes nazis y alertó desde el principio del peligro que representaba lo que llamó, con precisión visionaria, "la filial del infierno en la tierra". Trece años mayor, Stefan Zweig era un burgués acaudalado de gustos exquisitos, ejercía la diplomacia literaria con personalidades de media Europa y, en parte por su pacifismo a ultranza, en parte por el respeto que le merecía la gran cultura alemana, tardó en comprender que no había manera de contemporizar con los bárbaros cuyos desmanes se resistía a condenar en público. Los dos eran judíos y huyeron de Austria antes de que el antiguo territorio de los Habsburgo fuera anexionado por el Tercer Imperio, pero su orfandad, el sentimiento de una pérdida irreparable, se remontaba aún más atrás en el tiempo. Cuando a la nostalgia del mundo de ayer, presente en los escritos de ambos, se sumó la violencia extrema del nuevo orden germánico, la desposesión se hizo absoluta.

La misma editorial que ha abanderado el rescate de la literatura centroeuropea y difunde desde sus inicios la obra de Roth y de Zweig, acoge la correspondencia que mantuvieron a lo largo de una década larga, entre 1927 y 1938, periodo vertiginoso que abarca el ascenso imparable de los camisas pardas, la llegada de Hitler al poder y los años previos al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, de la que Roth, exiliado en París desde el 33 y fallecido en mayo del 39, se libró -no así su familia, deportada a Bergen-Belsen- por apenas unos meses. Zweig, que había emprendido por la misma época el camino del destierro, tampoco viviría mucho más, pero si Roth optó por la lenta autodestrucción del alcoholismo, él se suicidaría en 1942, después de haberse establecido en Brasil junto a su segunda mujer, que lo acompañó en el último viaje. Parte del epistolario, ahora completo conforme a la edición alemana de 2011, ya había visto la luz en el volumen de Cartas de Roth, también disponible en Acantilado, pero la presente recopilación aporta además las escritas por Zweig -muchas no se han conservado, de ahí que su número sea bastante menor- y añade en apéndice fragmentos, referidos a Roth, de las misivas cruzadas entre aquel y otros corresponsales, que ofrecen información adicional y permiten reconstruir la relación ampliando la perspectiva.

En la primera de las cartas (septiembre de 1927) Roth agradece las "cordiales palabras" que le envió Zweig tras la publicación de su ensayo o reportaje sobre los Judíos errantes. En la última (diciembre de 1938) Zweig se duele del "silencio tenaz y espero que no malintencionado" del amigo, cuya muerte lamentaría poco después en términos conmovedores. Entre ambas, esa década larga de una fraternidad no exenta de tensiones, a lo largo de la cual hablan de libros o de proyectos de libros, de problemas personales o profesionales, del porvenir del judaísmo o del modo de hacer frente a la bestia totalitaria. Preso de una angustia que se parece mucho a la neurosis, Roth se muestra permanentemente afligido y a menudo pide ayuda económica o consejos editoriales, incapacitado para gestionar sus ingresos -nada escasos, pero pródigamente derrochados- y llevar una vida ordenada. Zweig, por su parte, siempre sereno, generoso y complaciente con los excesos de su colega, se retrata como un carácter noble pero algo pusilánime, que no acaba de creer lo que está pasando aunque todas las señales apunten al desastre inminente. Invariablemente lúcido pese a la severa dipsomanía, era el excitado Roth quien acertaba cuando defendía la necesidad de dar la batalla.

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