Crítica de Cine

Kusturica reabre el circo (pero le han crecido los enanos)

Emir Kusturica, que dirige e interpreta, junto a Monica Bellucci en la película. Emir Kusturica, que dirige e interpreta, junto a Monica Bellucci en la película.

Emir Kusturica, que dirige e interpreta, junto a Monica Bellucci en la película.

Por una cosa o por otra, le habíamos perdido la pista (y el gusto, me temo, ahí están La vida es un milagro y Prométeme) al serbio Kusturica, que hace un par de décadas cotizaba alto en el mercado de autor (rebelde) europeo y que nos encandiló (éramos jóvenes) con aquellos frenéticos, caóticos y fellinianos ejercicios circenses (Underground, Gato negro, gato blanco) al ritmo de músicas folclóricas de bodas y funerales y a costa de la guerra fratricida de los Balcanes observada desde una cierta incorrección política.

Presentada en el último festival de Venecia, En la Vía Láctea parece querer regresar en plena era digital a aquel universo familiar rural, hiperbólico y metafórico, suerte de realismo mágico en clave local, para intentar reconciliarnos con los orígenes a través de un exceso de autoconciencia fílmica, un cierto reposo sentimental y lo que sin duda parece el principal espectáculo y motor de esta función de romanticismo lírico en tiempos de guerra: situar a Monica Bellucci en el epicentro de una mirada apasionada y cándida a la belleza natural del paisaje, a la fraternidad simbólica con el mundo animal y al propio espejo del artista desdoblado en actor y figura heroico-beatífica que la guía y modela como demiurgo omnipresente.

La aldea y el costumbrismo amable y caricaturesco regresan así una vez más como Arcadia violentada y ultrajada por el odio, las bombas y las ametralladoras, como el territorio virgen y puro donde aún se depositan, aunque sea bajo cantos rodados y minas enterradas, las fábulas y los relatos de las buenas gentes balcánicas.

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