Luces y sombras de una estrella del canto

Festival Plácido Domingo. Danielle de Niese, soprano; Cameron Stowe, piano. Programa: Obras de Haendel, Mozart, Bizet, Delibes, Rossini, Puccini y Donizetti. Fecha: Martes 30 de octubre. Aforo: Lleno.

Danielle de Niese (Melbourne, 1979) se dio a conocer internacionalmente con un disco de arias de Haendel en el que se mostraba como una cantante de agudos brillantes, ágil coloratura e indiscutible musicalidad. Desde entonces, la soprano australiana ha seguido haciendo mucha música de los siglos XVII y XVIII (de Monteverdi a Gluck y Mozart), por lo que resultó un tanto desconcertante la falta de comunión que mostró ayer con los fragmentos haendelianos con los que abrió su recital sevillano.

La voz, de lírico-ligera, sigue resultando fresca, homogénea y está magníficamente proyectada, pero ni el Haendel chisposo de Semele ni el engañosamente hondo de Serse ni el íntimo y doliente de Rinaldo alcanzaron altura destacable. El estilo resultó dudoso (incluido algún portamento de más), extrañamente sobrio, y al fraseo le faltó fluidez, aunque hubo indudable voluntad de resultar expresiva y destacaron algunos sugerentes juegos con el color (arioso de La Lucrezia). Infrecuente el repertorio mozartiano: el aria alternativa de Susana del acto IV de Las bodas de Fígaro, que Mozart escribió para una presentación vienesa de la ópera en 1789, y el recitativo y aria de concierto Bella mia fiamma, addio - Resta, o cara, una pieza de un dramatismo que parece ajeno a los medios y las posibilidades actuales de la cantante, pero en los que volcó lo más racial de su temperamento artístico, obteniendo una intensidad que fue especialmente ardiente en el recitativo.

Muy variada una segunda parte en la que la voz se mostró más generosa, corrió mejor por todo el registro, resultando más suelta y ligera en las agilidades del Rossini y el Donizetti bufos, y ello a pesar de que en el tratamiento de las canciones de Bizet, Delibes o el propio Rossini optara por una expresión más grandiosa que intimista. La musicalidad natural emergió finalmente en las dos canciones de Gershwin ofrecidas como propina. Impecable trabajo de Stowe.

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